Rouge

Rouge

- Cuerpo & Alma -

Cómo estar juntos en épocas de aislamiento

La convivencia durante el aislamiento obligatorio.
24 de marzo de 2020

La convivencia obligada y prolongada es un buen momento para aprender a respetar los silencios del otro y las distancias.

Por María Fernanda Rivas (*)

Circulan muchos memes divertidos que muestran las vicisitudes de la vida en familia y en pareja durante la cuarentena. Son temas que acompañan la vivencia de “catástrofe” y que empiezan a circular mostrando una necesidad de procesamiento. Y el “chiste” es una forma de elaboración de las angustias que nos aquejan. 

En momentos como éstos, se pone a prueba la consistencia de los vínculos: de pareja, de padres e hijos, de hermanos, etc. Quizás nos encontramos con aspectos de los otros que no conocemos…

Durante la vida normal (sin cuarentena), cada integrante de la familia tiene sus actividades, además de sus aspectos “no compartibles” (que no necesariamente son mentiras u ocultamientos). Son simplemente ideas, pensamientos, hábitos, conductas que preferimos guardarnos: los “buenos secretos”, que forman parte de la intimidad. 

La vida en familia muchas veces trae aparejada la errónea ilusión de que el otro es -o debe ser- “transparente”. Y la realidad es que no lo es. Y en tiempos de convivencias prolongadas y obligadas, reducido al mínimo el contacto con el mundo exterior, pueden armarse grandes líos o confusiones con estos temas. Pueden exacerbarse grandes inquietudes al percibir que el otro tiene un “mundo propio”, al que no es fácil acceder.

Esto sucede no sólo en las parejas, sino también entre padres e hijos, cuando se sospecha que estos últimos comienzan a tener sus propios pensamientos. La convivencia obligada y prolongada es un buen momento para aprender a respetar los silencios del otro, las distancias (quizás no físicas pero sí mentales), tolerar la necesidad de que existan “terceros”: contacto con el trabajo, el estudio, los amigos, los hobbies, las redes sociales, etc. 

Pero por otro lado, en tiempos como estos, se pone en primer plano la necesidad de un “buen apego”: el tipo de lazo incondicional con el otro que nos permite sentirnos acompañados y contenidos, para reducir la angustia. 

El psiquismo (la mente) de una persona que se encuentra en pareja y/o familia se ha modificado, porque tiene a otro/s incorporado/s a su vida, con quien/es ha construído un “nosotros”. Quizás nos encontramos pudiendo charlar con ellos de temas de los que nunca tuvimos tiempo de charlar. O de crear un clima lúdico -cualquiera sea nuestra edad-, en el que sea posible construir barreras ante la realidad externa y programar algún momento del día para jugar y reir juntos. (Dicho sea de paso, circulan publicaciones científicas en las que se resalta cómo la risa y el buen humor levantan las defensas). 

Quien vive en pareja o en familia posee un encuadre -del que muchas veces ni siquiera se percata- para su vida cotidiana. La vida con otros establece rituales domésticos y hábitos (dormir y despertarse en horarios sincronizados, comer juntos, compartir historias comunes, etc.) que hasta regulan los ritmos biológicos y emocionales. La presencia de “los otros en nosotros” es fundamental para preservar y mantener estos ritmos, en circunstancias en las que corremos el riesgo de sentir que el tiempo transcurre todo igual…

“Despijamarse” es un término que está circulando, que significa levantarse de la cama, vestirse, armarse rutinas, establecer horarios, etc. La mirada de los otros funcionará como espejo, nos devolverá nuestra imagen: cómo estamos, qué se espera de nosotros, cuán necesarios somos. Por supuesto resalto el efecto de las miradas esperanzadoras que -sin negar lo que ocurre en el afuera- nos transmiten calma, optimismo y sensación de que existe un futuro. 

Son momentos en los que nos encontramos más receptivos; que pueden ser propicios para abrirnos y aprender a comunicarnos mejor, aún con quienes viven con nosotros. Si existen conflictos, quizás pueda hacerse un paréntesis, un “alto el fuego”, estableciendo prioridades, como la de conservar y mantener la calidad de vida, lo que sin dudas ayudará a transcurrir mejor aquello por lo que tengamos que transcurrir. 

Además de nuestra “inmunización física” es importante trabajar en nuestra “inmunización psíquica”. Es decir, en cómo mantener altas y eficaces nuestras defensas emocionales. Es fundamental poder funcionar para los otros como calmantes (no como amplificadores) de la tristeza, la angustia o el enojo. 

La función de la comunicación, en circunstancias de emergencia, -además del entretenimiento- es la de sentirse escuchado, tenido en cuenta y, por lo tanto, no olvidado.

(*) Psicoanalista. Integrante del Depto de Pareja y Flia. de APA. Miembro adherente. Especialista en Niños y Adolescentes. Autora del libro «La familia y la ley. Conflictos- Transformaciones» (2017). Integrante del Grupo APA-Pilar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *