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- Cuerpo & Alma -

Misofonía: cuando masticar o sorber causan una ira incontenible

27 de septiembre de 2019

Algunas personas reaccionan de manera agresiva ante determinados sonidos habituales que producen otras personas al realizar acciones tan comunes como comer o respirar.

Por Claudia Wittke-Gaida (especial de la agencia DPA)

Algunas personas reaccionan de manera agresiva ante determinados sonidos habituales que producen otras personas al masticar, carraspear, sorber e incluso respirar.

Estas personas sufren de lo que se conoce como misofonía, literalmente del griego «odio al sonido», un trastorno psíquico que las lleva incluso al borde de la locura.

Los afectados pueden irritarse tremendamente con el golpe de las teclas de una computadora u otros ruidos producidos por ciertos objetos, pero la mayoría no tolera el sonido de otra persona al masticar.

«No puedo soportar cuando escucho comer a mamá. ¿Puedo encender la radio?». Con estas palabras Jelle Homrighausen sorprendió a sus padres en el almuerzo a los 12 años. Un tiempo después comenzó a evitar todas las situaciones en las que se comía.

«En la mesa me sentaba lo más lejos posible de mi madre y sentía ira ya sólo al ver sus movimientos de mandíbula. Entonces sólo atinaba a mirar mi plato e intentaba levantarme de la mesa lo más rápido posible», cuenta Homrighausen, que en la actualidad tiene 27 años. Lo peor para él es la gente que mastica chicle.

Su padre Andreas Seebeck, un terapeuta de medicina alternativa, reconoció rápidamente que los síntomas de su hijo derivaban de una fobia. «Yo la llamé la fobia de masticación. Pero ninguna terapia ayudó», recuerda el hombre. Lo que siguió fue un recorrido de un año de un terapeuta y de un psicólogo a otro, además de la asistencia a cursos anti-agresión, sesiones de hipnosis y otras terapias.

«Nada ayudaba, al contrario. Sobre todo a partir de las terapias de confrontación, con las cuales se tratan las fobias, todo empeoró», señala el padre, pero que al menos ahora sabe a qué se debe.

La misofonía es un reflejo adquirido en el que las reacciones musculares desempeñan un papel. «Los músculos activan el área del cerebro que es responsable de la ira. Esa es la diferencia con las personas a las que simplemente no les gusta un sonido», explica.

Como en Alemania no encontró especialistas o literatura sobre esta fobia, el terapeuta buscó respuestas en el extranjero. Encontró explicaciones en un libro sobre misofonía del estadounidense Thomas Dozier.

«Me sorprendió la cantidad de personas que la padecen. Según estudios internacionales se estima que una de cada 10 y tal vez incluso una cada 20 personas reacciona frente a sonidos que no puede soportar», indica Seebeck.

También la Universidad de Bielefeld subestimó el fenómeno. Para averiguar si se trata de un trastorno mental o un síntoma que acompaña a otra enfermedad la científica Hanna Kley inició un estudio sobre la misofonía en 2018. En lugar de los 20 a 30 voluntarios requeridos para el proyecto se presentaron en muy poco tiempo unas 200 personas.

«En una primera instancia hicimos entrevistas con personas que decían que eran sensibles a los ruidos y que por ejemplo el sonido de masticación los hacía sufrir tanto que los restringía en la vida cotidiana», cuenta Kley.

Ese podría ser por ejemplo el caso de personas que evitan ir en autobús o en tren porque alguien cerca de ellos podría hacer ruido al sacar el pan de una bolsa de papel.

Para Kley es sorprendente, sin embargo, que la sensibilidad al ruido se concentra particularmente en los parientes cercanos. «Esto supone una presión adicional debido a que los afectados sienten en algunos momentos enojo y odio hacia esos seres queridos», destaca la investigadora.

En la actualidad, Seebeck trata de ayudar a las personas que sufren el también llamado Síndrome de Sensibilidad Selectiva al Sonido (SSS) a través de un método que desarrollaron científicos de la Universidad de Ámsterdam por el cual se intentan aislar los sonidos perturbadores y luego se los reproduce de un modo más rápido o más lento, más alto o más bajo. Eso puede traer ligeras mejoras, apunta el terapeuta.

A su hijo Jelle ya no le gusta probar nada y con el correr de los años se le ha sumado una depresión.

«Desde que tomo medicamentos, al menos la ira extrema ha desaparecido», admite el joven.

«Una relación entre la misofonía y la depresión no se excluye en algunos estudios. Pero la investigación aún está en sus comienzos, también en relación a la eficacia de los tratamiento para esta fobia en particular», asevera Kley, que desalienta la esperanza de soluciones rápidas para este síndrome.

Seebeck ya se conforma cuando los padres muestran comprensión por los niños afectados, y no los obligan a sentarse a la mesa o insistirles en que se comporten como es debido. Esto podría agravar los síntomas y agregar otro desencadenante a la misofonía, constata.

F.D.S./

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