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- Cuerpo & Alma -

El valor de la puntualidad

13 de mayo de 2018

Por Guillermina Rizzo*

Problemas de tránsito, control policial, inconvenientes con las llaves, el ascensor trabado, un velatorio, se enfermó el hijo, no vino la niñera, una parturienta en el taxi, frecuencia del transporte público, salvar un gato en un incendio, problemas de salud, no sonó la alarma, una citación escolar, donación de sangre, y la lista podría continuar de acuerdo con la imaginación. Los que tienen el valor de asumir expresan una disculpa, los más auténticos, lisa y llanamente, dicen “me dormí y llegué tarde”.

¿Hábito, costumbre, rasgo cultural? ¿Llegar a tiempo es un aprendizaje? ¿El que espera desespera? ¿Qué se esconde detrás del que siempre llega tarde?

Múltiples causas, explicaciones y sensaciones se entremezclan en relación con la impuntualidad. Expertos sostienen que a partir del nacimiento son los adultos los encargados de estructurar el tiempo y las rutinas en ese ser dependiente y demandante; consecuentemente la puntualidad es un valor que se construye desde la niñez a partir del aprendizaje de hábitos y de la reiteración de rutinas. Así, las comidas, el juego y distintas prácticas se estructuran ligadas a una noción de tiempo de manera tal de poder interactuar socialmente.

Algunos aducen que la causa es fisiológica, puesto que una alteración en el lóbulo frontal derecho responsable de la función de planificar actos y organización de las acciones ocasiona la impuntualidad. Psicoanalistas en cambio, sostienen que llegar tarde es una forma de maltrato hacia quien espera y hay cierto goce en hacerse esperar.

Indudablemente asumir un compromiso enmarcado en un lapso y no poder cumplirlo guarda una estrecha relación con diversos factores, y la amplia gama de excusas, mentiras y justificaciones permiten esbozar una caracterización de los impuntuales.

El egocéntrico cree que hacerse esperar lo convierte en importante; el rebelde se sitúa por encima de ciertas pautas ignorando el reloj, goza de la situación y es un canal habitual para expresar su rebeldía. Está el “ocupado”, quien, con una agenda repleta de actividades y superposición de compromisos, seguramente hará esperar a más de uno. El ambivalente, camino a la cita, se debate entre si debe o no debe acudir por lo tanto llega al encuentro obviamente muy tarde. El retrasado crónico es aquel que acostumbra a dejar todo para último momento convencido que sus mejores resultados son obtenidos bajo presión, reniega en seguir una rutina y experimenta placer por llegar despeinado y con el último aliento.

En las antípodas se encuentra la persona que llega con demasiada anticipación y despliega también una serie de prácticas tal vez secretas, pues por temor a llegar tarde, por ansiedad o por una preocupación excesiva es habitual advertir que da vueltas o toma varias infusiones antes de la cita, en el peor de los casos toca el timbre cuando la cena aún no está lista y los organizadores están en la ducha.

En ciertos países es habitual llegar una hora más tarde, la espera no es causal de conflictos y está consensuada, en otras culturas es un valor indiscutible y se estipula tanto el inicio como el final del encuentro.

Ya sea por cuestiones psicológicas, metabólicas o éticas llegar o no llegar a tiempo es una forma de comunicación y determina una forma de vínculo. La impuntualidad reiterada enmascara tantas causas o conflictos no resueltos como personas hay. Organización, responsabilidad, consideración, respeto y tolerancia atraviesan acciones tales como llegar y esperar.

Mis queridos lectores, así concluyo esta cita, esta columna debe llegar puntualmente a la redacción.

(*) Dra. en Psicología. Columnista en medios de comunicación. | Twitter: @guillerizzo