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- Cuerpo & Alma -

Malas palabras y palabrotas

23 de Abril de 2017

En cualquier escenario cotidiano se puede apreciar su uso y abuso, pero ¿por qué esas palabras son “malas”?

Por Dra. Guillermina Rizzo. 

Un estadio de fútbol colmado, jugadores –a veces- desplegando sus habilidades y como telón de fondo los cánticos que evocan “a la madre del árbitro…”; Un automovilista un tanto distraído y un peatón a punto de ser atropellado que alude “a la cornamenta” y no precisamente de un animal; el repositor del supermercado que ve desmoronarse la torre de latas por el descuido de un consumidor hace que rememore “el tamaño de los genitales…”. Las “malas palabras” y los insultos están presentes en la vida cotidiana, en una de sus últimas conferencias magistrales “el Negro” Roberto Fontanarrosa iniciaba su ponencia interrogando: “¿Por qué son malas las palabras? ¿Les pegan a las otras? ¿Son malas porque son de mala calidad?”

John L. Austin, británico, filósofo del lenguaje señalaba en su obra “Cómo hacer cosas con palabras” que hablar es mucho más que decir, pues en el habla se interroga, se informa, se promete y, entre otras, se vilipendia. Las groserías o insultos cumplen una función dentro de la comunicación y, quien experimenta bronca, impotencia, disgusto, dolor, asimismo alegría, emplea de manera sutil o solapada, enfatizadas con el tono de voz o “casi entre dientes”, vocablos o groserías para lastimar a otros y también a ciertos objetos ¿qué mujer no le destina epítetos a la plancha y a las camisas del marido? Evidentemente por su carga semántica única “las palabrotas” cumplen una función casi irremplazable, pues tienen un rol catártico obrando cual “válvula de escape” permitiendo la descarga de una tensión.

Las lenguas son entidades vivas y las palabras también están sometidas a causas sociales, psicológicas, culturales, entre otras, en el devenir de la historia los insultos han mutado, pues una palabra ofensiva en la Edad Media hoy está en desuso o ha sido reemplazada, a su vez viajar de un país a otro implica que ciertas expresiones no se puedan utilizar. Para los lingüistas las palabras no son buenas ni malas, aunque desde la perspectiva de la sociolingüística no se puede ignorar que son una marca de informalidad, y que hay contextos en que es adecuado usarlas y otras no son apropiadas.

Hoy, 23 de abril, es el día del Idioma; homenaje a la memoria de Miguel de Cervantes, ¿quién no recuerda Don Quijote de la Mancha? Pero más allá del día, no caben dudas que el idioma es amplio en palabras y la lectura cumple un rol fundamental para la ampliación del vocabulario. Aristóteles decía que “el habla es la representación de la mente”, una mente cultivada hoy más aún que antaño debido al avance de la tecnología debería poner en evidencia un léxico nutrido, pero en la actualidad las “voces malsonantes” se esparcen en ámbitos impensados, programas televisivos en su afán por obtener puntos de rating cuentan con animadores que pronuncian una plétora de mensajes obscenos, sexuales y escatológicos; a su vez adultos “desenfocados” avalan a adolescentes “malhablados” o celebran en los niños la pronunciación de términos soeces como garantía de desempeño cabal en la sociedad.

Según Ernest Hemingway “se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”; la palabra es una valiosa herramienta pues crea, halaga, edifica y también destruye; un acto de comunicación implica capacidad para expresar y transmitir, por ello el secreto no reside en la indulgencia incondicional para las malas palabras ni en la veneración para las buenas, lo importante es conocer la posibilidad que ofrece el lenguaje de elegir las palabras adecuadas para celebrar un encuentro con el otro, y si bien los terapeutas sostenemos que las palabrotas tienen un fin terapéutico es preferible la sabiduría de mi abuela: “hablar bien, no cuesta un carajo”.

(*) Columnista en medios de comunicación. | Twitter: @guillerizzo

 

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