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El nene de mamá

16 de septiembre de 2018

La madre o quien cumpla la función se relaciona desde un modelo y dicho patrón dejará marcas indelebles.

Por Guillermina Rizzo*.

La “M” mayúscula, minúscula, en cursiva, en imprenta, “con fideítos”, renglones de “m…”. Luego vendría ma, me, mi, mo, mu, y la lectura en el libro Semillita, que casi como una Biblia que rezaba “mi mamá me mima, mi mamá me ama”. Evidentemente había que aprender la letra “m”.

Superado el primer grado escolar la frase que se reiteró es “mi mamá me mata…” y ustedes mis queridos/as lectores/as, seguramente la están evocando mientras se suceden las imágenes: cuando rompió un vidrio de un pelotazo, cuando descubrieron la rateada, cuando en lugar de dos materias se llevó siete y se complicaron la vacaciones. Si es su caso, quédese tranquilo, Edipo está resuelto y no hay que preocuparse.

Si por el contrario ronda los 30, 40, 50 o más, me temo que hay algunas preguntas por formular. ¿Modelos vinculares nocivos? ¿Criado y educado para obedecer? ¿Destete psicológico?

La madre o quien cumpla la función se relaciona desde un modelo y dicho patrón dejará marcas indelebles. Cuando el esquema es disfuncional y no se habilitaron espacios para el cuestionamiento el resultado es un círculo vicioso muy difícil de romper. ¿Quién se anima a cuestionar y renegar de su propia madre?

Agresiva, manipuladora, dependiente, victimista, negativa, sobreprotectora, posesiva, fría y distante, son palabras que permiten establecer una tipología, y el listado podría extenderse como así también el tipo de conductas que se reiteran en quienes han crecido bajo estos modelos.

Controladora, hipervigilante, vive en estado de alerta; pretende elegir la ropa de por vida, seleccionar amistades y “las candidatas a pareja” atraviesan una serie de pruebas desmedidas. Con mirada telescópica y marcación cuerpo a cuerpo fiscaliza movimientos, carreras universitarias, salidas y ocio.

Camuflada bajo el disfraz de madre omnipresente enmascara su propio problema: codependencia. Con conductas y rituales similares a las de un adicto a una sustancia mantiene ocupada y colmada su existencia de forma obsesiva. Basta con que el hijo exprese preferencias o gustos disímiles a los de ella o simplemente se rebele, para que lo sienta como un ataque personal.

“Mi mamá me mima” a simple vista bien intencionado se convierte en un vínculo nocivo que genera efectos traumáticos en la posterior vida de relación del hijo. Desconfiar de los otros, callar, silenciar sentimientos para responder a mandatos, acatar, cumplir son las conductas valoradas y premiadas por quien pretende controlar, es la premisa.

¿Se puede cortar el cordón o “mi mamá me mata”? Tal vez el cordón se ha estirado lo suficiente como para establecer distancia, pero quien fue educado bajo estos parámetros consolida una relación de pareja bajo modelos similares. El resultado es un adulto autoexigente, dudoso de sus propias decisiones, con dificultades para la intimidad emocional que termina arrojado en un vacío profundo.

¿Cómo lidiar con una madre nociva? O lo que es peor ¿con una suegra? En este último caso deberá analizar qué vio su pareja en usted para ser elegida.

Romper patrones de antigua data es difícil pero no imposible, recordar que hace décadas dejó de hacer renglones en un cuaderno posibilita romper un modelo que está condenado a perpetuarse. Definir espacios con límites precisos y estipular tiempos es una forma de crear territorios propios para ser habitados como cada quien lo prefiera y sobre todo conduce a la independencia y la privacidad.

M de movimiento; desobedecer, rebelarse, salir a buscar lo que a cada uno lo hace vibrar requiere de osadía y también de valorarse a sí mismo; si no se atreve puede seguir pegando fideítos.

(*)  Dra. en Psicología. Columnista en medios de comunicación. | Twitter @guillerizzo

 

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