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El príncipe George de Inglaterra tenía un amante argentino

El príncipe de Gales, George de Kent.
8 de noviembre de 2018

La historia secreta de la familia real que también involucra al nieto de un ex presidente de Argentina en una relación romántica.

En 1931, un año después del golpe de Estado que llevó a José Evaristo Uriburu al poder, el príncipe de Gales, George de Kent, llegó a la Argentina en un viaje diplomático, pero había una razón ocutla: su romance secreto con el nieto del presidente argentino.

La historia, revelada por el escritor Federico Andahazi en Radio Mitre, fue silenciada y removida de los archivos oficiales de la realeza británica dado que en aquella época, la homosexualidad era un pecado y una deshonra para las familias tradicionales.

José Evaristo Uriburu -se llamaba igual que su abuelo (presidente) y su padre (embajador argentino en Londres)- había conocido algunos años antes al joven Duque de Kent en un ágape protocolar. A partir de entonces mantuvieron un romance apasionado, hasta que el padre de José los descubrió y, para evitar un escándalo mayor, mandó a su hijo de regreso a Buenos Aires.

La historia completa.

“Casi nadie sabía que, en realidad, aquel viaje para «afianzar las relaciones bilaterales» tenía un propósito algo distinto. Se trataba, en efecto, de reafirmar relaciones entre dos partes, aunque no exactamente entre la Corona británica y la República Argentina. El motivo que había traído al príncipe era un secreto de Estado: en verdad, George venía a reavivar los rescoldos de un viejo amor que lo esperaba por estas lejanas pampas“

Hoy vamos a hablar de un hecho que, a pesar de que causó conmoción y escándalo, fue cautamente silenciado y removido de los archivos oficiales de la historia.

En 1931, el año posterior al fatídico golpe de Estado del ‘30 que llevó a Uriburu al poder, el príncipe de Gales, George de Kent, llegó a la Argentina en viaje diplomático.

La excelencia de Su Alteza Real no sólo era un legado de sangre, sino que, a juzgar por su foja de servicios, tenía sobrados méritos para ostentarla por derecho propio: oficial de la Real Marina a bordo de los buques Iron Duke y el Nelson, más tarde fue nombrado almirante en la División de Inteligencia, luego en la Fuerza Aérea y, como si fuera poco, fue elegido Gran Maestre Masónico de la Logia Unida de Inglaterra.

Además de semejantes títulos, era dueño de una estampa esbelta, una sonrisa seductora y unos ojos claros de mirada serena. Era la encarnación del príncipe azul con el que soñaban las adolescentes de entonces. Para la fecha en que visitó la Argentina todavía no se había casado con Marina, princesa de Grecia y Dinamarca, de modo que provocaba suspiros e ilusiones entre las jóvenes solteras.

Casi nadie sabía que, en realidad, aquel viaje para «afianzar las relaciones bilaterales» tenía un propósito algo distinto. Se trataba, en efecto, de reafirmar relaciones entre dos partes, aunque no exactamente entre la Corona británica y la República Argentina. El motivo que había traído al príncipe era un secreto de Estado: en verdad, George venía a reavivar los rescoldos de un viejo amor que lo esperaba por estas lejanas pampas.

La realeza no habría visto con buenos ojos que el príncipe se hubiese fijado en alguien que, aunque de «buena familia», no tuviera sangre azul ni títulos de nobleza. Por otro lado, aunque la familia de la parte criolla de esta «relación bilateral» solía rendirse a los pies de la monarquía británica, no estaba dispuesta a que este romance se hiciera público, entre otras cosas, porque el nombre del gran amor de George era… José Evaristo Uriburu.

En efecto, el nieto del célebre José Evaristo Uriburu, homónimo de su abuelo y también de su padre —embajador argentino en Londres— había conocido algunos años antes al joven Duque de Kent en un ágape protocolar. A partir de entonces mantuvieron un romance tan apasionado como furtivo, hasta que el padre de José los descubrió y, para evitar un escándalo mayor, mandó a su hijo de regreso a Buenos Aires.

Ni siquiera nos queda el orgullo nacional de haber tenido al único amante del Príncipe de Gales. El Duque de Kent, lejos de encerrarse a llorar la pérdida de su amor argentino, inició una frenética carrera de romances, por momentos con hombres, por otros con mujeres y, circunstancialmente, con ambos.

Entre sus amantes más conocidos se cuentan la cantante negra Florence Mills —todo un desafío para los cánones reales—, el dramaturgo Noël Coward, la millonaria Poppy Baring, el príncipe Luis Fernando de Prusia, la Maharani Indira Raje y una docena de gigolos cuyos nombres la historia no ha registrado.

Por esas épocas, la homosexualidad no sólo era un pecado: en ámbitos castrenses era un delito y en los círculos de las familias tradicionales, una deshonra. Por si fuera poco, en aquellos años también la medicina vino a dar su opinión y le puso a la homosexualidad el sayo de la patología.

No había escapatoria para aquellos que sentían atracción por personas de su mismo sexo: aborrecidos por la religión, perseguidos por la policía, condenados por sus propias familias y tratados como enfermos por la medicina, los homosexuales debían esconder su condición o vincularse entre sí en ámbitos poco menos que clandestinos.

A comienzos del siglo XX los médicos llamados higienistas otorgaron a las creencias homofóbicas, de por sí irracionales, un sustento pretendidamente científico. Prestaron una prosa racional y moderna a los prejuicios más viejos y oscurantistas.

Sin embargo, analizando el discurso ascéptico de los higienistas, no era muy difícil encontrar la esencia autoritaria de Leopoldo Lugones, quien creía en el férreo control policial para prevenir todos los «males»

Ahora bien, si se examina cuál era la formación moral de algunos de estos médicos higienistas, se entiende el nexo entre la medicina y el Poder. José María Ramos Mejía, dueño de tantos méritos indiscutibles, no sentía mucho apego por la democracia; el adjetivo más benévolo que le dedicó fue «turbulenta» y sostenía que el orden imperante en las Fuerzas Armadas era el modelo a imitar por la sociedad. El doctor Francisco Veyga revistaba en las filas del Ejército con grado de teniente coronel. Practicaba un racismo en estado puro, al punto de referirse a los argentinos, literalmente, como una raza. Su homofobia quedó plasmada en una obra cuyo título nos adelanta su pensamiento: “Degeneración y degenerados”.

No era nada fácil la vida de un homosexual en la época inaugurada por Uriburu. A decir de estos médicos higienistas ni el impoluto apellido de los Uriburu estaba exento de recibir el rótulo de «degenerado» bajo el análisis de sus denigrantes teorías.

ED

 

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