martes 20 de octubre de 2020
CUERPO & ALMA | 14-08-2020 14:07

Cerrando fases

Este año vivimos en carne propia lo que implica iniciar una fase, transitarla y concluirla.

Por Guillermina Rizzo (*)

No hay dudas que la vida se compone de ciclos que comienzan, se desarrollan y culminan; a veces y muy a nuestro pesar, algunos de ellos requieren un cierre obligatorio, más o menos forzado; momento en que “hay que dar vuelta la página” y seguir.

Este año vivimos “en carne propia” lo que “gráficamente” implica iniciar una fase, transitarla, para luego cerrarla, aunque en ocasiones, el Covid-19, nos enfrentó y enfrenta a que ninguna fase se cierre por completo y que tal vez se deba retroceder sobre nuestros pasos y rutinas.

¿Cómo cerrar una etapa? ¿Cómo saber que eso período que damos por finalizado ha concluido indefectiblemente?

Cerrar, finalizar, concluir, finiquitar, acabar y hasta rematar, son sinónimos que aplican perfectamente para indicar el fin de un ciclo, aunque no necesariamente implica “haberlo superado”; si hacés un recorrido mental seguramente encontrarás que tal vez algo puede estar “cerrado” pero sin embargo no ha sido superado.

Un ciclo es ese lapso concreto, con características propias hasta evolutivas y plagado de vivencias positivas y negativas, colmado de emociones buenas y malas y con presencias significativas y también intrascendentes. Es un tiempo a veces “vital” que hasta “forzosamente” debe finalizar para dar paso a otro ciclo.

Ejemplos abundan; ciclos “vitales” son niñez, adolescencia, adultez… y a su vez también podemos hablar de ciclos en una pareja, un trabajo, un lugar de residencia, e inexorablemente la muerte.

En ocasiones el final de un ciclo, es decir su culminación objetiva, no implica el cierre desde el punto de vista psicológico, y ciertos estados y emociones se viven “en modo presente”. Si bien en la fase actual de la pandemia se puede salir y atrás quedó la fase de encierro, el miedo genera que permanezcamos adentro. Si bien una relación concluye o se cambia de trabajo, no significa que la persona lo “haya cerrado” y el dolor está a flor de piel sin posibilidad de aprendizaje y mucho menos de cierre.

¿Cómo cerrar una fase y cómo saber que el cierre es definitivo?

Es muy difícil hablar de superación, aprendizaje y crecimiento personal cuando se transita de fase en fase sin que cada una de ellas haya concluido “internamente”. Generalmente “el principio del fin” se inicia con la “noticia” de que “eso”, sea relación, trabajo, residencia, y hasta vida, concluye.

Es en ese instante y dependiendo de la magnitud de lo que finaliza, aparecen las emociones; a veces todas juntas e incluso cada una tiene su tiempo de protagonismo. La alegría refleja hasta el alivio de un final que puede ser gritado a los cuatro vientos, a diferencia de la rabia, angustia, tristeza y dolor que requieren otros procesos.

Luego viene “lo peor” porque en ese estado de “carne viva” y que es inevitable sentir, entre llanto, enojo y culpa, toca atravesar “la tormenta”. Hablar, revivir el acontecimiento, recomponer la autoestima que siempre sale dañada y seguramente pedir ayuda.

Seguramente llegará el día que miremos hacia atrás y ese ciclo se pueda evocar sin ser desbordado por las emociones, podamos encontrar algo por lo que agradecer y algún aprendizaje para atesorar; como decía Jung lo que nos somete también nos transforma.

(*) Dra. en Psicología. Columnista en medios de comunicación. | Twitter @guillerizzo

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