lunes 17 de mayo de 2021
ACTUALIDAD | 06-09-2014 07:21

El ballet transforma la vida en las favelas

Una historia conmovedora.

AP- Al otro lado de un viaducto y de las vías del tren subterráneo, en un barrio pobre rodeado de rascacielos en San Pablo (Brasil), Gabriela Aparecida, de ocho años, se acomoda el pelo ondulado en un rodete mientras espera que la vengan a buscar para ir a practicar su actividad favorita: el ballet. Es una voluntaria de la iglesia quien la llevará a su clase de baile.

Gabriela, que ha crecido entre comerciantes de drogas y adictos, todavía tiene que aprender a leer. Pero ella y otras niñas de un peligroso barrio conocido como "cracolandia" están aprendiendo el arte por cortesía de un grupo de una iglesia local que también les ofrece comida, asesoramiento y estudios bíblicos. La clase forma parte de varios grupos en los que jóvenes bailarinas esperan llamar la atención de una respetada artistabrasileña que recluta a docenas de niñas necesitadas para un taller anual.

Dos veces por semana, más de veinte niñas de entre cinco y doce años se suben a una camioneta Volkswagen y viajan diez minutos a su clase, donde se visten con mallas rosadas o negras y zapatillas de ballet donadas por una tienda de artículos de danza.

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El tiempo dedicado a la gracia y el control es muy distinto al que pasan en su día a día. Muchas son criadas por padres que están en recuperación o son adictos a las drogas, algunas viven con parientes vendedores de drogas o han sido abandonadas y albergadas por vecinos. Algunas han experimentado violencia.

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Las niñas que crecen en favelas tienen más probabilidades de quedar embarazadas en la adolescencia. El último censo de 2010 halló que la tasa de analfabetismo era dos veces más alta en los barrios pobres que en otras áreas de Brasil.

"Vemos toda clase de historias aquí, niñas que no se han bañado en días, que no saben cómo cepillarse los dientes, que pasan todo el día encerradas en sus casas", dijo Machado, instructora y directora del proyecto. "Siempre me siento responsable por sus vidas, siempre me preocupa lo que pueda sucederles".

Machado acaba de abrir un estudio llamado "Casa de Sueños" en el vecindario, reubicando la clase de una zona más comercial de Sao Paulo. La misma Machado fue criada por una persona drogadicta, quien luego se recuperó, en el nororiental estado de Bahía.

La bailarina de ballet Priscilla Yokoi, cuyas presentaciones la han llevado a quince países que incluyen Estados Unidos, visitó recientemente al grupo y eligió a cinco niñas para el taller anual en el que 150 niños de escasos recursos pueden tomar cuatro días de clases con bailarines extranjeros y presentarse en un espectáculo en octubre. La escuela a la que va Gabriela no admite niños, pero otros grupos que visitó Yokoi sí.

Recientemente Yokoi visitó otro barrio carenciado en Sao Paulo donde una audición en una cancha de basquet atrajo a unos cuarenta bailarines y decenas de curiosos. Algunas de las niñas que toman clases en un estudio local se sentaron en el piso de concreto mientras Yokoi buscaba los pies con las mejores puntas.

En el taller en Paulinia, una ciudad al norte de Sao Paulo, Yokoi lleva a especialistas en detectar buenos bailarines para la única escuela que opera el prestigiado Ballet Bolshoi fuera de Rusia. Yokoi dijo que quería ampliar esfuerzos como el de la escuela Bolshoi, que abrió en el 2000 en la ciudad sureña de Joinville y acepta sólo a unas pocas estudiantes cada año.

"La manera en la que veo el ballet en estos lugares necesitados es que le da a los niños esperanza. Hacen una audición, participan en un taller y están más motivados", dijo Yokoi. "Veo el proyecto como una ventana hacia lo que se puede convertir el ballet en Brasil si encontramos talento en estas comunidades".

Los rusos fueron los principales encargados en llevar el ballet clásico a Brasil en la década de 1920, cuando los bailarines comenzaron a migrar y establecieron compañías en ciudades como Río de Janeiro y Sao Paulo. La escuela Bolshoi en Brasil ha llevado al surgimiento de una nueva generación de bailarines brasileños, como Deise Mendonca, quien se presenta con la Compañía Estatal de Ballet Callejero en Santa Bárbara, California.

El padre de Mendonca era cartero y su madre estaba desempleada cuando su familia se mudó a Joinville para que pudiera unirse a la escuela Bolshoi con una beca.

"Sufríamos, no teníamos dinero", dijo Mendonca. "Pero eso cambia tu forma de pensar. Muchas puertas se abren para futuras oportunidades".

De regreso en el estudio en "cracolandia", algunas de las niñas hacen caras graciosas y ríen ante su reflejo en un gran espejo junto a la barra. El trabajo en la barra requiere más concentración, les dice la instructora Machado cuando flexionan las rodillas para hacer un "grand plie". Mantengan la barbilla y el pecho en alto, pero no demasiado, les dice. Que su espalda esté derecha, no jorobada.

"Uno cree que es fácil y parece fácil, pero no lo es, duele", les dice Machado a tres hermanas que se unieron al grupo este año.

Tras la clase las niñas vuelven a tomar la camioneta para regresar a casa. En la última parada, Sandra Alves, de 8 años, no quiere bajarse y esconde la cara entre sus rodillas. "Me imagino que no estoy aquí", dice.

Pero al final se tiene que ir. "Es una pesadilla, es una pesadilla", se va cantando mientras se desliza de un lado a otro y desaparece en un oscuro callejón.

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