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- Cuerpo & Alma -

Deseo de enseñar y aprender

9 de septiembre de 2018

Educar es ofrecer la oportunidad de generar lazos con el conocimiento, con los otros y con uno mismo.

Por Guillermina Rizzo*.

Recordar a Lidia y Tita genera una serie de interrogantes que debieran debatirse en profundidad, sin simplificaciones, con la voluntad de ampliar miradas y profundizar, trascendiendo ideologías, enalteciendo la disidencia y edificando sobre coincidencias, dejando a un lado posturas egoístas, entendiendo que hay temas que no permiten ser vapuleados ni minimizados; y asumiendo un compromiso genuino y sostenido durante treinta años, como lo hicieron Lidia y Tita.

En vísperas del 11 de septiembre, y mientras escribo surgen múltiples preguntas, exceden este espacio, debo elegir alguno, y elegir es parte de un proceso en el que se enseña y se aprende; Lidia y Tita dejaron su huella en mí y en cientos cuando desplegaban el juego entre enseñar y aprender. Sin espada, sin pluma y con palabras me pregunto: ¿Cuál es el sentido del verbo educar? ¿Cuál es el rol del docente?

Coincido con Graciela Frigerio: “educar es un acto político”. Legados, herencias repartidas y esparcidas, en las que debiera haber un colectivo cada vez más amplio que se favorece y ensancha sus horizontes a partir de lo recibido; reparto de dones que no debiera ameritar brechas ni desfavorecidos. Educar es reconocer al otro y su origen generando creativamente condiciones para que su procedencia no constituya un certificado de imposibilidad, sino que devenga en abanico de posibilidades.

Educar es ofrecer la oportunidad de generar lazos con el conocimiento, con los otros y con uno mismo; es habilitar instancias para desplegar deseos y capacidades concibiéndolas y estructurándolas bajo condiciones de tiempo y espacio; implica la complicada tarea de construir y distribuir saberes y capitales culturales, pues la educación es un derecho y un puente hacia otros destinos.

Educar no resiste fórmulas homogéneas, debe atender historias previas y contextos futuros, es casi como un oficio paradójico, que se reitera una y otra vez sin lograrlo todo, pero sin sucumbir en el intento; partiendo de lo realizado para tallar con paciencia y sabiduría lo no resuelto y lo pendiente.

¿Y el maestro? Hasta hace algunas décadas fue el eje del proceso y el portador de saberes y autoridad de relevancia, en la actualidad termina arrojado a una desigual batalla con un buscador de Internet, con escaso reconocimiento e insatisfecho por las expectativas que se depositan en un guardapolvo y por las responsabilidades que la familia mal delega en ellos. Profesión irremplazable plagada de contradicciones, desconciertos y sinsabores que erosionan una imagen y condena a la frustración y fracaso.

Seguramente urge dejar a un lado exceso de tecnicismos y prácticas burocráticas y funerarias, con prisa se debiera permitir, pensar y concebir el oficio de enseñar desde otra dimensión, pues un maestro por encima de todo es aquel que está dispuesto a hacer un puñado de cosas, no más, pero trascendentes.

Estoy convencida que un maestro recobra poder y potencia en su quehacer cuando se empeña obstinadamente en contradecir pronósticos y profecías de fracaso ligada a niños y adolescentes provenientes de sectores vulnerables y logra convertir el mundo accesible para alguno de ellos; cuando confiando en sí mismo ofrece rasgos y colabora en la tarea de tallar una identidad, cuando con esa llave de la cual solo un maestro es portador, despierta en los otros el deseo de querer aprender y transformar.

No es fácil, no fue sencillo para “la señorita Tita” ni para “la señora Lidia”; fui testigo, parte de ambas y también contagiada; sé que se apasionaron con la tarea y se sintieron gratificadas. Mi homenaje a los maestros, muchos de ellos inspiran cada domingo estas palabras.

(*)  Dra. en Psicología. Columnista en medios de comunicación. | Twitter @guillerizzo

 

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