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Cómo hablar con los adolescentes sobre las adicciones

30 de enero de 2020

Es importante mantener un diálogo fluido con los jóvenes más en relación a estos temas.

Al igual que los adultos se preocupan por vacunar a sus hijos para evitar que contraigan enfermedades, es importante que exista diálogo fluido con ellos, mucho más en la adolescencia que es la etapa de mayor vulnerabilidad para el inicio de un trastorno por consumo de sustancias.

El Lic. Juan Pablo Perrotta, psicólogo clínico de la Clínica de Conductas Adictivas y Clínica de Trastornos de la Personalidad de INECO, explicó en diálogo con Rouge qué se conoce como ‘consumo problemático’ y cómo se recomienda a los adultos encarar este tema con los jóvenes.

—¿Cuál es el momento oportuno para hablar con los hijos sobre adicciones?
—A temprana edad más que hablar de las “adicciones” hay que hablar de la capacidad de autocontrolar nuestras conductas. Hablar con claridad de que las personas queremos disfrutar pero que muchas veces para disfrutar más y mejor hay que saber esperar. Es decir, postergar la gratificación. O que en muchas otras situaciones debemos renunciar a una gratificación inmediata por algún compromiso asumido, un valor o por el bien del otro. Educar no necesariamente es transmitir información sino enseñar a autogobernarnos. Dentro de este contexto, los adultos podemos hablarles a nuestros hijos de cualquier tema. El sexo, el uso de los videos juegos, el tomar helados, comer saludable, hacer deporte, la diversión, las amistades o el consumo de drogas.

Es importante no ser inocentes, hay muchas posibilidades reales de que nuestros jóvenes tengan algún contacto con drogas o alcohol. Por eso, tempranamente hay que hablar de estas cosas. Particularmente teniendo en cuenta, que la adolescencia es la etapa de mayor vulnerabilidad para el inicio de un trastorno por consumo de sustancias. Si el consumo abusivo comienza a temprana edad, aumentan las probabilidades de que en la edad adulta se configure como un trastorno. Esto es por causa de mucho factores, pero particularmente, porque el cerebro adolescente es extremadamente delicado por su inmadurez.

«La adolescencia es la etapa de mayor vulnerabilidad para el inicio de un trastorno por consumo de sustancias»

A diferencia del resto de los órganos del cuerpo el cerebro se desarrolla, en promedio, hasta los 22 años. En la primera etapa de la adolescencia, entre los 10 y los 14 años, se produce una disminución de la sustancia gris en regiones de la corteza prefrontal del cerebro. Este proceso se denomina “poda neuronal”. Las conexiones entre las neuronas que no han sido consolidadas son directamente eliminadas. Se estima que estos cambios a nivel estructural son los responsables de las mejoras de las habilidades cognitivas y en el razonamiento lógico en comparación con la niñez.


Entre los 16 y los 18 años aumenta la conectividad entre las neuronas por un proceso de mielinización de la sustancia blanca. Es decir, aumenta la capacidad de las neuronas para comunicar información entre ellas. Se hace más eficiente el cableado que conecta las neuronas. Es esencial que este proceso se dé de manera armoniosa para que la persona consolide sus funciones ejecutivas. Es decir, su capacidad para regular y controlar sus impulsos y necesidades. Por otro lado, se refuerzan las conexiones entre la corteza prefrontal y las zonas del cerebro donde se procesan las emociones y el sistema de recompensa.

Imaginemos que el lóbulo prefrontal es quien regula los impulsos y la expresión emocional. Por eso, es importante que dejemos madurar, sin alterar, estas conexiones. De esta manera vamos a poder desarrollar el autocontrol necesario para poder tomar decisiones, administrar las emociones disfrutar las cosas de manera moderadas, postergar la gratificación inmediata para alcanzar objetivos a largo plazo o satisfacciones más significativas en el futuro, encarar compromisos y responsabilidades.

«En la adolescencia tenemos un sistema que está desarrollando el autocontrol, la capacidad de disfrutar y de regularlo»

En la adolescencia tenemos un sistema que está desarrollando el autocontrol, la capacidad de disfrutar y de regularlo. Si exponemos nuestro cerebro a sustancias, aumenta la probabilidad de alterar de manera importante este desarrollo, complicando la madurez de sustanciales mecanismos como, por ejemplo, la capacidad de automotivarnos a realizar tareas arduas y la capacidad de postergar satisfacción inmediata.

—¿Qué se entiende como consumo problemático y cuál sería una solución para ello?
—Se considera que estamos en frente de un consumo problemático de sustancias cuando este es impulsivo y/o compulsivo. Cuando me refiero a impulsividad, específicamente estoy hablando de realizar conductas sin medir consecuencias. Por lo general, está relacionado a la búsqueda de bienestar o satisfacción. En cuanto a la compulsividad, hay que aclarar que me refiero a la dificultad de parar de realizar una conducta, es decir, cuando cuesta dejar de hacer algo. En este caso, detener el consumo de una sustancia. La compulsividad está más asociada a la intolerancia al malestar de origen ambiental o emocional.

Hay que tener en cuenta que en las conductas adictivas, en las cuales interactúa una sustancia con capacidades psicoactivas, es decir drogas, alcohol, etc., cuanto más tiempo exponemos a nuestro cerebro a estas sustancias, aumentan las chances de que se consoliden modificaciones estructurales y funcionales, especialmente, en zonas cerebrales en las que están involucradas las capacidades de tomar decisiones, tolerar el malestar y poder disfrutar.

—¿Cómo sacar el tema de las adicciones sin que el adolescente se sienta presionado, sino que adquiera confianza con sus padres?
—Para poder hablar de este tema o de cualquier otro, lo recomendable es que desde la niñez los padres se acostumbren a crear espacios de confianza en los que se pueda hablar de cualquier cosa. Los adultos que han tomado la responsabilidad de cuidar a un niño tendrían que tener en cuenta que es necesario aprender a comunicarse con sus hijos; a hablar de cosas que a ellos le interesa, de los juegos de pc, de las redes, de los memes o del fútbol. Si solo hablan con ellos para enseñarles cosas o, peor aún, solo para retarlos, es imposible que los hijos estén dispuestos a confiar en ellos. Si los adultos no construimos, de manera consciente, espacios de confianza cotidianos, es muy difícil que cuando queramos hablar de algo serio o complicado, el adolescente esté dispuesto a hablar.

—¿Da lo mismo que sea la madre o el padre el que toque estos temas? De hecho, si hay una pareja separada, ¿deberían hablar los dos por su cuenta con los hijos sobre el tema?
—Es lo mismo quien es el adulto que hable. Quizá para algunos temas, uno de los dos tiene mayor experiencia o facilidad que el otro. Pero lo importante, es que se hable, lo más naturalmente posible, sin sobre alarmarnos, ni asustarnos, pero también dejando en claro los riesgos reales. Por supuesto que antes de hablar con sus hijos, los padres deberían haber hablado entre ellos y llegar primero a un acuerdo. Muchas veces, los padres postergan los temas difíciles y no solo evitan encararlos con sus hijos, sino que tampoco lo tratan entre ellos. En consecuencia, cuando sucede algo, improvisan, o solo reaccionan.

—Muchos padres pueden creer que no necesitan hablar con sus hijos porque toda la información que necesiten la pueden conseguir en la actualidad en Internet. ¿Qué tan riesgoso es esto?
—Que la información esté disponible con la facilidad de un click es parte de los tiempos que nos toca vivir, pero no les quita a los padres la responsabilidad de educar y guiar a sus hijos.


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