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Cómo enseñarle modales a los más chicos

17 de enero de 2020

Algo primordial es el comportamiento de los padres.

Por Eva Dignös (especial de la agencia DPA)

«La hora de la comida es un bodrio», dice Selim resoplando. Tiene ocho años y está intentando cargar al tenedor una porción de tallarines que más o menos le entre en la boca. Cuando parece haberlo logrado, se apura a engullirlos antes de que la torre se le caiga otra vez al plato. ¿Está en casa? No. Está en un curso de modales para niños de entre ocho y once años.

En el curso les enseñan cómo tomar el cuchillo y el tenedor, a saludar, a presentarse y a qué hacer si los sorprende un eructo estando sentados a la mesa. Las diez niñas y niños pasan tres horas del sábado a la mañana en una sala privada de un café de Múnich, y cuando la maestra Janine Katharina Pötsch les pregunta quién fue por propia voluntad a la clase de esa mañana, nadie levanta ni un dedito.

Pero después pasan un buen rato y se divierten viendo quién saluda primero y cómo se despiden amablemente al partir. O sorprenden a la entrenadora preguntándole con mucha cortesía «¿podría beber por favor algo más?».

El principal público de Pötsch suele ser adulto. Da clases de modales contemporáneos, pero dice que los cursos para niños también tuvieron mucha demanda. «Por supuesto, son los padres los que quieren que los niños incorporen un buen comportamiento», explica.

Los padres deben ser un ejemplo

Por más cursos que hagan los niños, si los padres no se comportan será imposible que los pequeños vivan con modales. Ellos son el punto de orientación permanente de sus hijos, advierte el especialista en pedagogía Ulrich Ritzer-Sachs. «Los padres tienen que tener muy en claro qué son los buenos modales y qué importancia les dan. Deben ser el ejemplo», insiste.

Por supuesto, nadie es un robot, y por más que los padres se lo propongan no pueden ser el ejemplo intachable los 365 días al año. ¿Qué deberían hacer si se les escapa un insulto? «Admitir que no estuvieron bien», recomienda Ritzer-Sachs. «Si uno en esa situación pide disculpas, los niños aprenderán y lo tomarán como orientación.»

De todos modos, el principal consejo es no desesperar, porque aunque uno se esfuerce permanentemente siempre habrá momentos en los que los niños parecen impermeables a toda enseñanza. El adolescente no demorará en lanzar un «qué mier… me importa», el más pequeño aprendió insultos en el jardín y los quiere probar en la mesa y el del medio propone hacer un concurso de eructos. Cuando se dan esas situaciones, no hay que desesperar.

El caos pasará

«Por más molestas que sean esas etapas, hay que saber que no son eternas», tranquiliza Ritzer-Sachs, que recomienda no reaccionar con presión sino con creatividad. «Uno puede hacer una lista con las expresiones más fuertes que se usaron y colgarla en la puerta de la heladera cuando vienen los abuelos de visita. Seguramente disparará conversaciones muy productivas», apunta.

En el caso de los adolescentes, lo mejor es hacerles entender que los modales no son un capricho, sino un modo de mostrar respeto y estima. Eso es lo que recomienda Marion Wiemann, que coordina cursos ad honorem en Alemania desde 2011.

Sus cursos están dirigidos a alumnos de secundaria y se proponen darles herramientas para distintas situaciones en las que seguramente se verán en el futuro. Los adolescentes aprenden haciendo juegos de roles. Aprenden cuestiones vinculadas al lenguaje, a las fórmulas, al uso de la voz, del cuerpo, la distancia que tienen que tener hacia otros y el efecto que puede tener en otra persona cómo estrechan las manos al saludarla.

Casi todos los niños y adolescentes que hacen cursos dicen en algún momento que los adultos no son los mejores ejemplos. «¿Y qué hago si un adulto se comporta mal?», pregunta Joel, de nueve años. Los cursos no tienen todas las respuestas del mundo. «En esos casos, tú mantén tus modales», dice Janine Katharina Pötsch. «Y piensa el resto».

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