Rouge

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- Cuerpo & Alma -

¡Qué comience la función!

13 de diciembre de 2019

Por Dra. Guillermina Rizzo (*)

Sensación generalizada, el tiempo transcurre en “un cerrar y abrir de ojos”, transitamos diciembre, último mes del año, cae el telón para el 2019. Momento de nuevas proyecciones.

¡Proyecciones! ¡Actuaciones!

¿Vivís de acuerdo con un proyecto? ¿Tenés un guion predeterminado o vas por la vida con argumentos espontáneos?

¿Actuaciones sin vergüenza?

Viene a mi mente Ervin Goffman, escritor y sociólogo canadiense, quien centrado siempre en grupos reducidos, estudió las unidades mínimas de interacción entre las personas; por ello es por lo que se lo considera el padre de la “microsociología”. La obra que marca su carrera es “La
presentación de la persona en la vida cotidiana”, en la que utiliza “metáforas teatrales” para designar el comportamiento de las personas en una determinada realidad.

Goffman consideraba que la sociedad es como un teatro en el que nos representamos a nosotros/as mismos/as, actuamos nuestros propios y diversos personajes, tratando de generar una buena impresión. Según el sociólogo, en toda interacción el esfuerzo está en la imagen que queremos proyectar, pero inesperadamente ocurren eventos que rebaten esa impresión.

¡Timidez! ¡Vergüenza!

La timidez es “la tendencia a evitar interacciones sociales y a fracasar a la hora de participar apropiadamente en situaciones sociales»; es experimentar cierto temor ante la actuación que desarrollamos en el escenario de las interacciones, en el escenario de la vida.

La vergüenza, en cambio, es una “emoción social”, es un sentimiento que surge de una valoración negativa de nosotros/as mismos/as. Continuando con la metáfora del teatro de Goffman, ante una interacción en la que nos ven o nos pueden ver haciendo algo que daña nuestra propia imagen, el deseo que se desata es el de ocultarse o que caiga el telón y fin de la obra; también fin del bochorno.

Juicios propios y externos están íntimamente ligados a la vergüenza, momento en el que un velo se cae y el actor queda desprovisto de su disfraz; es una emoción escondida.

La vergüenza difiere de la humillación y del pudor, sin embargo a veces la sensación es similar. Muchos/as hacen esfuerzos por ocultarla, a mí me agrada hablar de ella, me divierte y es un escalón más hacia la evolución y el crecimiento; dicen que “del ridículo no se vuelve”, pero no le temo

¡Comienza la función!

Psicólogos y especialistas en Comunicación No Verbal, explican que mientras más nos obstinamos en “tapar” la vergüenza ésta más se manifiesta, ya que las reacciones frecuentes son: desviar la mirada, bajar la cabeza, tocarse la cara, sonrisa controlada y obviamente “ponerse colorado de vergüenza”.

La vergüenza opera como equilibrador social, nos facilita ser conscientes de nuestras limitaciones y potencia la humildad; cuando hay un exceso prevalecen conductas tales como alejamiento, negación, ira; perfeccionismo intentando ocultar aquello que nos abochorna, y la arrogancia. Quien no puede lidiar con la vergüenza, “actuará” con gran exhibicionismo, exponiendo públicamente y de forma exagerada aquello que prefiere esconder.

Siempre digo que la vergüenza es una de las sensaciones más humanas, y el exceso nos impide experimentar el placer. Reconocerla, conocer su procedencia, entenderla, aceptarla, enfrentarla pacientemente, es el camino para amigarnos con nosotros/as mismos/as.

Se abre el telón, el escenario de la vida está desplegado, tenés la posibilidad de ser protagonista, se requiere valentía para que los/as otros/as vean aquellas partes que nos autocondenan; seguramente aquello que te obstinás en ocultar, esconde algo valioso. ¡No sientas vergüenza de tu vergüenza!

(*)Columnista en medios de comunicación. Twitter @guillerizzo