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- Actualidad -

Cuando besar es un arte

(Foto: Niki Sanders de Unsplash)
14 de abril de 2019

Por Guillermina Rizzo*.

Mis queridos/as lectores/as se preguntaron alguna vez qué tienen en común Pablo Picasso, Gustav Klimt, Victor Jorgensen, René Magritte, Marc Chagall, Antonio Canova, Roy Lichtenstein, Francesco Hayez, Robert Doisneau, Henri de Toulouse- Lautre, Aguste Rodin? Seguramente al final de la lectura, ssted nombre a su propio/a artista…

A lo largo de la historia del arte, a través de la escultura, la fotografía o la pintura y producto del talento y la creatividad, las celebridades que hoy evoco han inmortalizado algo tan cotidiano y tan profundo como un beso.

Fugaces, respetuosos, de saludo, afectivos, tímidos, “robados”, palpitantes, apasionados, interminables y hasta “esquimal”, pareciera que los seres humanos se besan desde siempre.

Si bien son de variada naturaleza se los puede dividir en dos grupos, los protocolares que responden a un rito y establecen una forma social de saludos besando la mejilla, y los amorosos, que se dan por el contacto de los labios desencadenando una serie de estímulos y también de historias.

Intuyo que mientras leen estas líneas seguramente están evocando algún beso.

Etimológicamente beso proviene del latín “basium”, y coincidentemente la pronunciación en latín o en español moviliza tantos músculos faciales como un beso en sí mismo. Desde leones hasta primates se valen de dicha expresión como ritual de cortejo y preservación. Sigmund Freud lo circunscribe al placer oral, solo que a veces basta un beso para que se desplieguen los cinco sentidos y la posibilidad de emprender un viaje imaginario y real.

Algunos médicos alertan sobre ciertos riesgos máxime en épocas de gripes y resfríos, otros afirman que al besar se ejercitan una treintena de músculos que mantienen la piel tersa y suave; se liberan endorfinas y oxitocina regulando los niveles de estrés, aumentando la sensación de felicidad y disminuyendo las tensiones.

Ya sea el “de buenas noches” o para expresar un “te amo”, un beso encierra múltiples significados y potentes sentimientos; los padres se dedican a la enseñanza antes del año de vida, pero para los besos románticos se requiere arte.

William Cane en su libro “El arte de besar ¿Un beso consiste solo en juntar los labios?” ahonda en la duración, en si se deben cerrar o no los ojos. En dicha obra, desentraña consejos, relata anécdotas, sugiere posturas para las manos, ofrece estrategias para escenarios tales como el cine, un auto o debajo del agua, y sostiene que hay más de veinticinco tipos de besos.

Estudios en Neurociencias señalan que en la lengua y en los labios se hallan neuronas sensoriales sensibles a estímulos placenteros que en segundos transmiten información al cerebro activando una serie de procesos mentales, pero lo cierto es que durante un beso no se repara ni en sustancias ni en neurotransmisores, pues alcanza con que los labios se encuentren para que en milésimas de segundos la piel se erice, devenga la excitación, el éxtasis y el corazón parezca estallar.

En estos días otoñales y frescos, en tiempos donde los besos circulan por dispositivos tecnológicos a gran velocidad pero fríos e inertes, luego del “Día Internacional del beso” celebrado ayer, reivindico a los renacentistas y a los surrealistas. Reivindico los besos, los fugaces que preludian historias y los eternos que afianzan sentimientos; los tímidos que metafóricamente piden permiso y los apasionados que quedan sellados por todo el cuerpo.

Reivindico los besos y a quienes hacen de ellos un arte. Reivindico besos humanos, sublimes y apasionados, que calman y encienden, que consuelan y reaniman; que llegan cada día como aliento vital y mágicamente logran que se roce el cielo con las manos.

Reivindico el arte de besar, hoy permítanme despedirme de ustedes con un beso agradecido.

(*) Dra. en Psicología. Columnista en medios de comunicación. | Twitter @guillerizzo