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- Cuerpo & Alma -

Cuando el bolsillo mata

17 de marzo de 2019

En tiempos en los que los bolsillos duelen y también matan, ante las desigualdades además de tomar medidas macroeconómicas, urge también priorizar la empatía.

¡Sí! Ya sé, no se enoje conmigo; soy consciente que últimamente los temas de cada domingo son algo pesimistas y poco alentadores. Pero también estoy convencida de que, usted, mi querido/a lector/a, me va a entender.

Honestamente no puedo ignorar la realidad, menos aún tapar el sol con la mano; pues las columnas son de Psicología y de situaciones cotidianas.

Si lo habitual nos atraviesa, nos hace tambalear, y también nos golpea hasta el derrumbe y, a su vez, se reiteran en el ámbito del consultorio convirtiéndose en un “síntoma generalizado”, es momento de compartirlo con usted.

Dólar, aumentos, FMI, tarifazos, crisis y un sueldo que se diluye como el agua entre los dedos, se traducen en un abanico de señales corporales; llegar a fin de mes es una angustiante proeza.

¿Qué relación hay entre los bolsillos y la salud? ¿Colapsa el presupuesto junto a nuestro bienestar?

¡Sí! Seguramente hace cuentas viendo qué recortar, qué marcas y productos deja de consumir, cuáles salidas y paseos dejar de realizar y el asado de cada domingo con un rico vino pasan a ser parte de un recuerdo.

Que toda crisis económica deteriora la salud física y mental no es un dato novedoso, en un país “cíclico” como el nuestro lamentablemente es habitual asistir a este deterioro, aunque es evidente que no afecta a todos/as por igual.

Expertos/as en desigualdades sostienen que quienes más poseen menos probabilidades tienen de padecer alteraciones, mientras que aquellos/as que tienen los “bolsillos más flacos” comienzan a evidenciar una serie de trastornos tales como ansiedad, estrés, angustia, depresión, como consecuencia de la crisis.

A su vez, los pobres, cada vez más empobrecidos, libran batallas cotidianas por subsistir, obtener un plato de comida caliente es el único objetivo de la jornada. La postal no es alentadora, pues las desigualdades se reflejan también en el ámbito de la salud y el bienestar.

Quienes nos dedicamos a los temas “psico” nos mantenemos en guardia, pues los vaivenes económicos, afectan, enferman y en ocasiones matan, y las políticas públicas debieran estar preparadas y “anticipadas”, pues deben o deberían contar con los dispositivos para amortiguar el impacto, que en ocasiones es letal.

Contracturas, vértigos, mareos, hipertensión, problemas cardíacos, son las “voces” de la mente que hace cuentas, que avizora las boletas de los servicios a la vez que recorta la lista del supermercado.

Se tensiona el presupuesto a la par de la persona; apatía, desinterés, falta de deseo sexual, fallas en la memoria, cansancio, agobio, insomnio, son muestras de una calidad de vida resquebrajada que repercute en los vínculos y en el clima familiar.

¿Neurosis o realidad?

El clima social se altera, algunos corren como neuróticos tras la corrida, para ver si sus ganancias se alteran o sus millones disminuyen; otros/as, muy realistas, corren tras el aumento del pan y se debaten en cómo racionarlo para que alcance y alimente.

Según la Organización Mundial de la Salud, pobreza, desempleo, inestabilidad, contextos violentos, la infaltable y consecuente inseguridad, son factores que no debieran ignorarse ni mucho menos disociarse de los desórdenes mentales; pues son una combinación explosiva que detona el bienestar.

¡Sí! Así como Usted hace cuentas, quienes están cargo de nuestra salud debieran también calcular los costos de la depresión y la ansiedad, del consumo de psicofármacos y del aumento de las consultas.

En tiempos en los que los bolsillos duelen y también matan, ante las desigualdades además de tomar medidas macroeconómicas, urge también priorizar la empatía, el registro y el cuidado del otro, son tiempos en los que el dolor es intolerable.

Guillermina Rizzo. Dra. en Psicología. Columnista en medios de comunicación. Twitter @guillerizzo

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