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- Cuerpo & Alma -

Caricias como obra de arte

26 de agosto de 2018

Van más allá de un simple roce pues están ligadas a la supervivencia humana.

Por Guillermina Rizzo*.

¡Secretos! ¿Quién no tiene algo guardado? Basta con que alguien diga que posee un secreto, por insignificante que sea, para que muchos deseen adentrarse en el misterio y conocerlo.

El Secreto es el nombre de la escultura de Gustav Eberlein; la obra refleja a Cupido contándole un secreto a Venus, según cuenta la leyenda ese secreto guarda la fórmula del amor; está situada en el salón de los Bustos del Teatro Colón, ícono que también guarda secretos.

La escultura es un arte, en la que una persona puede moldear, esculpir, tallar, fundir a través del manejo o labrado de materiales como piedra, madera, oro, mármol, entre otros.

Observar La Piedad o El David de Miguel Ángel invitan a la admiración y al deleite, pareciera que el mármol hubiera sido acariciado por el artista.

¿Acariciar es un arte? ¿Las caricias cumplen una función?
Según el Diccionario de la Real Academia Española caricia es una “demostración cariñosa que consiste en rozar suavemente con la mano el cuerpo de una persona, de un animal”, o también “halago, agasajo, demostración amorosa”. Sin embargo, es Eric Berne, creador del Análisis Transaccional, quien ha desarrollado entre otros temas un tratado sobre las caricias. Según el psiquiatra canadiense, la caricia es todo estímulo dirigido de una persona a otra para reconocer su presencia, su conducta y también su circunstancia.

Las caricias van más allá de un simple roce pues están ligadas a la supervivencia humana, y la ausencia de ellas, especialmente en edades tempranas ocasionan graves alteraciones emocionales y orgánicas; aún en la adultez las caricias son indispensables, la necesidad de ellas traducida en una dosis diaria, se denomina “constante de caricias”.

Caricias y mimos no son sinónimos, pues las primeras se expresan de diferentes formas y son objeto de estudio de la Comunicación. Se clasifican en positivas y negativas; las primeras proporcionan niveles de estimulación favorables y están ligadas al permiso, la protección y el placer: abrazos, besos, “te quiero”, “cuídate”, “muy buen trabajo”, son algunos ejemplos. Las negativas alientan situaciones poco gratas o de malestar causando sobreprotección y disminución de la autoestima de quien la recibe; a su vez hay caricias negativas agresivas tales como: “te odio” “te estoy usando” y caricias negativas de lastima: “pobrecito, sos tan pequeñito”, las más habituales.

Ya sean positivas o negativas se clasifican en condicionales “te quiero porque sos obediente”, e incondicionales “sos muy importante para mí”. Mis queridos/as lectores/as, a estas alturas, tal vez en secreto, tal vez a viva voz, están repasando caricias recibidas y entregadas, ofreciendo o tal reclamandólas.

Transmitidas y aprendidas desde la cuna, las caricias “viajan” por distintas vías: verbales expresadas con palabras, gestuales, escritas a través de tarjetas y actualmente mediante soportes tecnológicos y obviamente físicas; cada una con una fuerza comunicativa específica, siendo las de menor potencia las escritas y las de mayor impacto las que implican el contacto corporal.

Durante toda la vida, consciente e inconscientemente, la persona buscará recibir estímulos para ir llenando “su constante de caricias”, por ello es importante identificar qué tipo de caricias hemos obtenido desde el nacimiento, cómo las obtenemos diariamente y cómo las brindamos a los otros. Acariciar se convierte en un arte que talla, moldea, esculpe y graba sentimientos y experiencias, es una forma de revalidar existencias.

Un secreto: las manos de Rodolfo cincelan mi rostro, la respuesta: AcariciArte.

(*)  Dra. en Psicología. Columnista en medios de comunicación. | Twitter @guillerizzo

 

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