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- Cuerpo & Alma -

Hombres, histeria y jabón

25 de febrero de 2018

Por Guillermina Rizzo*

Te propongo una serie de desafíos: el primero de ellos es preguntarte ¿dónde esconderías un objeto si no quisieras que fuera encontrado? Seguramente estarás pensando que el escondite está en relación con el tamaño, el valor y las posibilidades que ofrece el entorno; algunas ideas son: debajo del colchón, enterrarlo en un jardín, detrás de un cuadro, la caja fuerte y muchas más.

Expertos en escondites dicen que la mejor forma de ocultar algo es mostrarlo a medias, es decir, confundirlo con el entorno.

El segundo desafío consiste que intentes formular un listado de productos efímeros, siendo éstos aquellos que se caracterizan por ser de corta duración, generar un deseo y al poco tiempo dejar de ser interesantes.

Un vistazo por tu casa da como resultado el casco masajeador capilar, el set de hierbas adelgazantes intomables, la bombacha reductora imposible de tolerar por más de cinco minutos, la cinta para caminar que ahora cumple la función de perchero.

¡Sorpresa! El producto efímero por excelencia es el jabón debido a su rápido consumo; con forma de patito, pelota, frutas, emula fragancias de especies a veces imposibles de cultivar en nuestro país.

El tercer desafío es que te imagines un hombre, a tu gusto, con todas sus partes, con barba o sin ella, si lo preferís bien apuesto, adelante; pero con forma de jabón. No es complicado, si te resulta difícil la Psicología brinda su ayuda y lo cataloga como “histeria masculina”.

Por siglos, la histeria estuvo ligada exclusivamente a las mujeres ya que deriva del griego “hyaterá”, que significa matriz, o sea la enfermedad del útero. Es lo que a Freud le permitió inventar el psicoanálisis estudiando a “las primeras histéricas”.

En líneas generales hay una serie de síntomas objetivos, concretos, simbolizados en el cuerpo, es decir una aparente enfermedad sin lesión orgánica; o bien no se representa en el cuerpo y sí a nivel psíquico recreando una serie de personajes, pero todos intentos de una realidad que no se sabe o no se puede resolver.

El histérico necesita un escenario y espectadores, generalmente la mujer es su público favorito. Propone una salida y minutos antes la cancela, si ofrecés ciertas resistencias o tomás la iniciativa para generar un encuentro, es el histérico quien huye cual correcaminos, desaparece y tal vez reaparece días posteriores a la huída. Expertos en “hacer el verso”, llaman la atención por su intelecto, creatividad y apariencia; amorosos a simple vista que solo hacen una gran obra en 3D de sus afectos.

La máscara que utiliza y con la que seduce, la misma que en ocasiones genera ruido, duda y “no cierra” es precisamente la de la histeria. De unos años a la fecha, la patología derivó en el verbo “histeriquear” para describir acciones tales como: seducir, llamar la atención con miradas, voces, gestos; y la necesidad de triángulos reales en los que consuma la infidelidad o simbólicos traducidos en obstáculos para que las relaciones no prosperen y emerja el dolor.

El último desafío consiste en comprender que la sociedad actual caracterizada por esta demanda de estar siempre exultante, en la cima, se convierte en el escenario propicio para que la histeria masculina se mimetice o se oculte a medias ocasionando que “esta actuación” sea un rasgo aparentemente positivo.

Comprender que si diste con un hombre que te cautiva y sus frases de cabecera son “quiero pero no puedo”, “tengo una situación complicada y no puedo asumir compromisos”, habrá que tener presente que se disputa el primer puesto con el jabón en el mercado de lo efímero.

(*) Dra. en Psicología. Columnista en medios de comunicación. | Twitter: @guillerizzo