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La desgracia de elevarse sobre los otros

14 de enero de 2018

Por: Guillermina Rizzo (*)

Tomás es un amante de las plantas, atesora macetas, diseña sus propios canteros y asegura vivir en un pequeño paraíso. No hay semillas que se resistan, pues al poco tiempo de ubicarlas en algún sitio y dispensarle los cuidados necesarios, comienzan a florecer.
Fertilizantes, tijeras de podar, son instrumentos de uso cotidiano, aunque está preocupado por la enredadera. Como toda planta trepadora, creció rápidamente y ha cubierto la totalidad de la casa, pues esa es precisamente su característica.

Si bien le aporta humedad al ambiente y en épocas de floración se percibe un agradable aroma, alberga una cantidad de insectos que destruyen poco a poco el resto de su jardín, a la vez que impide que otras especies crezcan en los alrededores.

¿Existen personas trepadoras? ¿Crecer para algunos implica ocupar espacios y arrasar con lo que se presenta en el camino?

Trepar significa subir a un lugar elevado, a veces de difícil acceso, valiéndose generalmente de pies y manos; en el caso de las plantas es necesario una pared, reja o elemento que sirva de soporte. Con las personas, en ocasiones y especialmente en ámbitos laborales, se da un efecto similar, puesto que, de forma inescrupulosa, se valen de cualquier medio o “escalón” para prosperar.

Conocidos como “arribistas”, apelan a todo para lograr su cometido en un corto plazo, la ansiedad es una nota distintiva. Seductores, aduladores, se valen del engaño y de rasgos cautivantes trepándose y enredando a todo cuanto hay a su paso; compañeros inteligentes, aunque de perfil bajo y jefes vulnerables son los peldaños que pisotean en su afán por crecer.

Simpáticos y comedidos, graciosos y divertidos se muestran generosos, pululan buscando lugares de privilegio sin tiempo que perder o instancias que superar, la particularidad es que saben detectar en una estructura quienes detentan el poder para ganarse su beneplácito y confianza.

La ciencia los define como seres vacíos, con muy poco para ofrecer, obviamente como persiguen resultados en lapsos breves, no se distinguen por haber cursado largos estudios ni atesoran logros académicos.

Como las plantas trepadoras no les importa corromper o destruir lo que hay a su paso, y al igual que dicha especie, que al cabo de un tiempo sirve de morada para insectos, las personas trepadoras albergan sentimientos de inseguridad, envidia y resentimiento.
El “trepa”, como se lo conoce vulgarmente, ávido de atención, aspaventoso, con escasa capacidad de análisis y egocéntrico, concentra sus energías en impedir que otros crezcan a su alrededor, generalmente termina enredándolos en sus propias ramas.

Para el trepador muy lejos está el lograr resultados y metas de forma honesta, pues para ello es necesario conocer las propias capacidades y también limitaciones; fijar objetivos claros y realizables, instancias que evitarán frustraciones y redundará en el aprecio y el respeto de los otros.

Nadie está exento de cruzarse con este tipo de especie, habrá que ser precavido, prudente y paciente, las artimañas y mentiras no se pueden sostener por largo tiempo. Evitar el contagio, no caer en el juego y sobre todo permanecer con los ojos abiertos preserva de terminar convertido en el próximo escalón a ser pisado. Mantener la calma permite advertir la presencia de estas personas que trepan y enredan; tal vez allá que cortarla de cuajo o bien alejarse, pues sabemos que también para trepar a una roca, un reptil siempre se arrastra.

(*) Dra. en Psicología. Columnista en medios de comunicación. Twitter @guillerizzo