Rouge

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- Cuerpo & Alma -

Vínculo que trasciende el idioma

15 de octubre de 2017

En el Día de la Madre, una reflexión sobre qué significa serlo.

Por Guillermina Rizzo*.

Mom, mamãe, mare, anne, mama, մայրիկ, μαμά, umama, ママ, maman, 妈妈, мама, mamma, manman… Sea en inglés, portugués, catalán, turco, alemán, armenio, griego, zulú, japonés, francés, chino, ruso, italiano, haitiano, son unas pocas letras o signos que combinados, acá, o en cualquier parte del mundo, designan a ELLA.

Transitando octubre, y si bien me apasiona este oficio o profesión de comunicar la Psicología, “este tema Rouge”, es uno de los que más me conmueve al momento de escribir.

Podría dar “esos típicos consejos” sobre lactancia, hábitos, juegos, pero la fecha trasciende la disciplina, lo científico, y es uno de esos temas que, con su permiso, escribo “con el corazón en la mano”, frase de cabecera que empleo cuando pretendo explicar cuestiones, vivencias que movilizan a tal punto que se traducen en una sucesión de letras, recuerdos, risas y lágrimas.

Mamá, mami, madre, es un vocablo con potencia enunciativa, comunicativa, afectiva, que trasciende a la función en sí, y aunque por incidencia cultural, social, la mujer trae consigo el
mandato de convertirse en madre, actualmente esa creencia desde hace unas décadas está siendo sometida a refutación.

Lo cierto es que, por deseo, mandato, proyecto individual o compartido, “por accidente”, por vocación, al cabo de nueve meses o en ocasiones menos, una mujer se convierte en madre.

Párrafo especial merece quien adopta, pues considero que la adopción trasciende lo biológico y jamás debe concebirse como un tratamiento para la infertilidad, ni debería ser solución mágica,
menos aún reemplazar, sustituir, hacer caridad, comprar o canjear. Ser mamá por adopción lo considero un acto de amor en el que se construye un vínculo desde el deseo de ambos, donde tras un proceso – a veces muy largo- dos partes se unen y ambos se adoptan: una mujer que se convierte en mamá gracias a él, y un ser que se convierte en hijo gracias a ella.

Ser mamá, trasciende la sangre que heredamos, va más allá de una función, es un sello indeleble que acompañará hasta el final de la vida.

Ser mamá es entender que la nutrición está por encima de alimento que con creatividad o sin ella se traduce en un plato que llega a la mesa; que la felicidad de compartir un juego está por encima de la torpeza que se tiene a la hora de intentar patear una pelota; que establecer límites y pronunciar un “no” a tiempo configura una escala de valores; que inventar un sabor mágico obra como curación a la hora de llevar la cuchara a la boca con el jarabe para la tos; que actuar como sabia colaborando con las tareas escolares aporta seguridad y confianza cuando se deban resolver problemas de vida.

Ser mamá es sentir también un “nudo en el estómago” por el sufrimiento del hijo y lanzar al viento la mejor carcajada cuando la felicidad se hace presente.

En ocasiones el ser humano fantasea y dice: “si me sacara el loto haría… si frotara una lámpara y apareciera un genio le pediría…”; a su vez es un ejercicio que algunas escuelas psicológicas utilizan como estrategia para visualizar soluciones reales y potenciales. Ante ese ejercicio siempre digo y consolándome con la herencia del amor recibido, valores transmitidos y pasiones contagiadas por mi mamá, que daría lo que fuera para poder conversar una vez más y decirle
cuánto la amo y la extraño. Sin dudas, ni un juego de azar por más pozo millonario que tenga o lámpara con genio incluido devuelven a quien ya no está, y solo queda una memoria colmada de recuerdos; por eso en inglés, español, turco, con las palabras que quieras: mamá, mami, ma; y con el “corazón en la mano” decile ¡Feliz día!

* Doctora en Psicología y columnista en medios de comunicación. | Twitter: @guillerizzo

 

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