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- Cuerpo & Alma -

Poder, píldoras y palabras

8 de octubre de 2017

Argentina tiene un lugar privilegiado en el podio en el uso, abuso y automedicación.

Por Guillermina Rizzo*.

A simple vista pareciera una cuestión de color, ya que Augusto para alcanzar el éxito apela al azulino, Laura para estar en niveles óptimos echa mano al rosa, Pedro al momento de relajarse opta por el color anaranjado pastel y Juliana cuando tiene reuniones o fiestas y debe estar radiante apela a la combinación de amarillo y verde.

Hoy no hablaré de vestimentas de moda, aunque si de un fenómeno que según expertos se ha convertido en moda, para mí simplemente son síntomas o conflictos sin resolver.

¡Alerta! ¡Peligro! Algo o alguien no está funcionando bien.
Hombres apelan a la pastilla azul para optimizar, prolongar el rendimiento, impresionar, emprender una carrera desenfrenada contra la ley de gravedad, potenciar la irrigación, o tal vez el
irremediable paso del tiempo. Llegó también el tiempo de las mujeres con la píldora rosa que asegura momentos de ensueño. A su vez, en estas épocas, en las que como se dice corrientemente
“pasarse de vueltas” es frecuente, que se recurra a ansiolíticos para bajar revoluciones, o caso contrario si lo que prima es el “bajón” se requieren antidepresivos para pertenecer al “Club de la
E”: enérgico, exultante, efusivo, estimulado.

Sin entrar en controversias con los representantes de la industria farmacéutica ni con los profesionales de la psiquiatría porque nadie niega que toda medicación debe suministrarse para revertir un estado de enfermedad, es cierto que Argentina tiene un lugar privilegiado en el podio en el uso, abuso y automedicación.

Pastillas para dormir, comprimidos para estar atentos y poder controlarlo todo, gotas para evitar la tristeza, píldoras para la felicidad y el placer se consumen en forma desmedida; por un
momento pareciera olvidarse la letra chica de las contraindicaciones y efectos colaterales, pues alcanza con examinar las estadísticas de las guardias médicas para comprobar que los casos por
intoxicación están dentro de los más frecuentes.

Conceptos como medicamento y remedio podrían considerarse sinónimos, una lectura en el diccionario revela que la palabra remedio significa “medio que se toma para reparar un daño o
inconveniente”, y también “recurso, auxilio o refugio”. Cuando en la vida surgen situaciones propias del ciclo vital como cambios hormonales, envejecimiento, u otras propias de lo que implica
vivir, tales como penas, frustraciones, amarguras, alegrías, esperas, pérdidas, pasiones que se apagan, amores que se terminan y también incluyo niños inquietos o distraídos, apelar al uso
indebido de pastillas es un error, pues resulta una invitación a apaciguar o tapar el síntoma, y raras veces se resuelve.

La palabra es la herramienta por excelencia de Psicoanálisis, y lejos del azar y convencida en la asociación, surgen en mi mente una serie de conceptos: pastillas, píldora, poder, paciente, palabra.

Cuando una persona – otra p- se lanza a la ardua tarea del proceso terapéutico, pasa a ser paciente, a partir de ese momento el medio o el “remedio” será la palabra, también los silencios o lo que aún no puede decir; el psicólogo se constituye poco a poco en confidente, en testigo de dolores, pasiones, en el espejo que le devuelve una imagen invertida, alejada de píldoras y soluciones mágicas; es un recurso o refugio genuino.

Asumir, comprender, soltar, perdonar, aceptar, cambiar, son procesos complejos que no se resuelven con una simple pastilla, son las palabras las que pueden calmar, apaciguar, dimensionar,
anudar y desanudar todo aquello que no está resuelto, pues solo la palabra opera como un bálsamo; solo es cuestión de poder.

(*) Dra. en Psicología. Columnista en medios de comunicación.  | Twitter: @guillerizzo

 

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