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- Cuerpo & Alma -

Cuando la mirada es electrónica

23 de julio de 2017

Por Guillermina Rizzo *.

Mi querida lectora, no sé cuántos años tiene, pero tengo una pregunta: ¿le suena “y rasguña las piedras, y rasguña las piedras…”? ¡Si! Última canción del recital de Charly García y Nitro Mestre, el 5 de septiembre de 1975. Acordes resonaban en el Luna Park colmado por una multitud amalgamados con gargantas vibrantes, miles de brazos con encendedores en alto iluminando el estadio y ojos desorbitados registrando la última presentación de los delgados muchachos de pelo largo inmortalizados como Sui Generis.

¡Otra pregunta! ¿Se acuerda del legendario “Luna” en 2011? Otra postal: una muchedumbre gritaba hasta el delirio, meneo de caderas y “perreo” al compás del reggaetón de Calle 13, miles de brazos portaban celulares y cámaras fotográficas de última generación, renunciando a registrar con sus propios ojos el despliegue de la banda puertorriqueña.

¿Recuerda el mismo escenario el año pasado? Tres recitales, esta vez genialidad y talento: Abel Pintos repasando veinte años de carrera.

Los encendedores dieron paso a flashes que ciegan la mirada; cobran protagonismo, pues la premisa en la era tecnológica implica el registro de la acción en detrimento del goce a través de los sentidos.

¿La mirada electrónica es un nuevo fenómeno? ¿Se disfruta un paisaje, una celebración a través del lente de una cámara o sobre todo un celular? ¿Una tarjeta de memoria evoca situaciones con la misma intensidad que lo que se capta a través de los sentidos?

Kenneth Gergen, psicólogo estadounidense y profesor de Swarthmore College, en su obra ‘El yo saturado’ analiza los avances tecnológicos y acuña el concepto de “pregreso” para explicar las consecuencias negativas de los “progresos” de la posmodernidad; si bien los mensajes por WhatsApp permiten conectar de manera inmediata, disminuyen la posibilidad de diálogo; en el mismo sentido décadas pasadas un evento familiar era perpetuado en la cantidad de fotos que el “rollo” permitiera, luego de acceder al turno en la casa de revelado las imágenes pasaban de mano en mano por los miembros de la familia con sorpresa y emoción.

Hoy los acontecimientos se plasman simultáneamente con la posibilidad de verificar y “optimizar” ante el imperativo: “sacala de vuelta, Tito salió con los ojos cerrados…”.

Momentos inolvidables, cumpleaños, casamientos son registrados y “vividos” a través de dispositivos; en los actos escolares queda atrás el fotógrafo tradicional que luego enumeraba las fotos para vender “la de recuerdo”; hoy ser testigo “de la actuación de granadero de un sobrino” es casi imposible, pues familiares se amontonan frente al escenario para inmortalizar los dotes de los aprendices de artista. Personas que asisten a conferencias, espectáculos artísticos y deportivos, desplazan la posibilidad de goce hacia el deseo de enfocar, grabar, filmar, y “subirlo” a la red.

Por estos días se transita por la vida captando cada acontecimiento; en ocasiones hasta se cruza la delgada línea que limita con la perversión en el afán por retratar en una imagen al motociclista que yace en el asfalto.

Optar por observar la majestuosidad de las Cataratas del Iguazú o intentar capturarlo todo a través de un diminuto lente que se traducirá en miles de fotos, más allá de dejar en el baúl de los recuerdos el tradicional álbum de fotos, es quedar prisionero de la mirada electrónica y condenar al olvido momentos trascendentes en busca de la foto venidera.

Más allá que se descartarán numerosas fotografías porque falla la luz o “sale movida” está comprobado que la saturación de imágenes torna a la persona indiferente. Mirar con los ojos bien abiertos ofrece la posibilidad de almacenar en la memoria y de evocar la experiencia una y otra vez rememorando sentimientos; apreciar la vida a través de “los ojos del dispositivo tecnológico” es una forma de registrar, pero solo lo que se mira con los ojos bien abiertos queda por siempre en el corazón.

(*)  Dra. en Psicología. Columnista en medios de comunicación. | Twitter: @guillerizzo