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- Cuerpo & Alma -

Grietas de ira, grietas de furia

21 de mayo de 2017

Dra. Guillermina Rizzo.

¡Caos total! El ambiente estaba desordenado, papeles y objetos por el piso, muebles corridos, rostros desencajados, algunas lágrimas y muchas grietas… Semejante fenómeno no se podía medir con la escala de Richter, aunque casi como un terremoto, Rubén y sus recurrentes ataques de ira activaban una vez más la luz de emergencia en su ámbito de trabajo.

¿Es posible controlar el enojo para evitar que se desencadene la ira? ¿Se pueden reconstruir vínculos y proyectos en medio de un suelo erosionado?

La etimología de la palabra ira es muy rica, se relaciona con la iracundia, definida esta como propensión al enojo, cólera o ira, derivando el adjetivo iracundo y el vocablo irascibilidad. Contemplada dentro de los siete pecados capitales, una definición clásica hace referencia a la pasión del alma que provoca enojo o indignación, la nota distintiva es que dicha pasión rara vez reconoce límites; la violencia y la venganza son parte de los componentes esenciales y es el paso previo a la furia. Si bien la ira es una característica cada vez más visible en tiempos en los que la paciencia se devalúa ante la exigencia del logro inmediato, los reiterados accesos de ira ponen en evidencia trastornos de personalidad, no en vano es cada vez mayor en distintos centros de salud la oferta de terapias individuales y grupales para el “manejo de la ira”.

Una descripción somera de un terremoto estriba en una sacudida pasajera y brusca de la de la corteza terrestre producida por la liberación de energía acumulada; la ira opera casi de manera idéntica, pues un cúmulo de energía ligada a la frustración o la inseguridad irrumpe a través de agresiones verbales y en ocasiones físicas dejando en evidencia la pérdida de control de una situación. Si bien expresar el enojo en determinadas ocasiones se torna saludable, el dominio de la ira requiere de una reestructuración cognitiva, es decir comenzar a pensar de manera diferente, posicionarse desde otro lugar y mirar desde distintos ángulos, no es trivial proponerse contar hasta diez, respirar profundo y salir del lugar de la exageración, palabras tales como “siempre o nunca” no son las mejores aliadas, William Shakespeare decía “la ira es un caballo fogoso, si se le da rienda suelta, se agota pronto por un exceso de ardor”.

Concebir diversas problemáticas como fenómenos multicausales implica entender que determinadas situaciones pueden resolverse de múltiples formas; la ira se desencadena cuando el egocentrismo impide ver que el otro tal vez sí tiene la palabra indicada, la solución precisa o está dotado del carisma necesario para seducir y convencer. Aun cuando la bronca o la impotencia son justificadas es sabido que rara vez conducen a una solución, por el contrario, las respuestas se encuentran y las puertas se abren cuando prevalece la lógica, la pausa y la reflexión.

La ira como todo proceso casi irracional, corroe poco a poco el clima familiar, aniquila la motivación de los integrantes de un equipo de trabajo, impide el logro de objetivos y la concreción de proyectos; como un terremoto sacude, destruye, liberando rencor, frustración, inseguridad, dejando en evidencia cual falla geológica la debilidad del iracundo, quien a su paso va dejando fisuras en quienes lo rodean, sin advertir que quedará sumido en la soledad.

Nada está perdido por completo cuando se toma conocimiento del problema, seguramente sobre las grietas que deja el paso de la ira se pueda volver a sembrar, pero algo podrá florecer si antes hubo lugar para la disculpa pertinente y la reparación oportuna.

(*) Columnista en medios de comunicación. | Twitter: @guillerizzo