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- Actualidad, Cuerpo & Alma -

Me pidió “un tiempo”

17 de julio de 2016

Por Guillermina Rizzo

El reloj de Time Square, punto de reunión preferido por quienes visitan Nueva York; el reloj astronómico de Praga, reliquia medieval; el Big Ben se erige como una de las principales atracciones de Londres, menos sofisticado y más cercano el “Cu-Cu” de Carlos Paz; de marcas afamadas o simples, “a pila” y tal vez adquiridos en un puesto en la vía pública, los relojes conectan pasado, presente y futuro.

Si bien el día dura veinticuatro horas, por momentos la percepción remite a lo eterno cuando la vivencia es desagradable, mientras que cuando lo vivido es agradable, placentero, el tiempo transcurre como por arte de magia.

En la actualidad el tiempo se constituye en un valor que casi cotiza en bolsa: invertirlo, gastarlo, perderlo, dedicarlo… son algunas de las acciones que operan a modo de indicador en la vida cotidiana. ¿Qué sucede cuando uno de los integrantes de la pareja “necesita un tiempo”? ¿Es parte de la crisis y preludio de un final? ¿Se debe conceder?

Una decisión precipitada puede ocasionar resultados indeseados, máxime si esa medida individual acarrea consecuencias para uno de los integrantes de la pareja, bien dice el refrán “casar y descasar, muy despacio se ha de pensar”, al conformar una pareja es sabido que tamaña decisión requiere obviamente de sentir pero también de pensar, de forma tal de atravesar cada etapa con seguridad. El enamoramiento inicial con mariposas en la panza, es el primer paso para que una relación se constituya, una comunicación fluida es precondición para el conocimiento mutuo, para que se enriquezca la sexualidad y emerjan los proyectos conjuntos, eligiendo transitar en compañía de ese otro ser. Distintas etapas se conjugan en la convivencia y ninguna está exenta del desgaste propio de la rutina y a veces del desamor.

Es habitual ante una crisis pedir un tiempo como única salida del problema, como si la ausencia o retirada solucionaran como por arte de magia un problema que se fue gestando en el tiempo. Imaginar que se puede extrañar al otro, establecer una distancia y “detener el reloj” para comprobar qué tan fuerte es un sentimiento, lo único que ocasiona es la demora en la resolución del conflicto, y sobre todo se evita enfrentarlo con la sensatez necesaria. Según los psicólogos especializados en relaciones de pareja coinciden que de ser inevitable, la separación no debe superar las tres semanas, pasado este tiempo, estamos ante un “tiempo muerto” difícil de refundar.

El problema no es el tiempo que se dispensa, sino el destino del mismo; para que el período pautado sea provechoso para ambos cabrán algunas reflexiones: cuáles fueron los errores individuales que condujeron a tal situación, cómo revertir esas fallas, hasta dónde se está dispuesto a ceder, qué cambios cada uno de los integrantes de la pareja está decidido a implementar y, especialmente registrar si permanece vivo el deseo de continuar o tal vez lo que prima es la costumbre y la monotonía.

Si el tiempo se impregna de distancia es sabido que hay menos posibilidades para el diálogo y el encuentro; la palabra es la única herramienta que permite establecer nuevas reglas de juego, renegociaciones y crear contratos alternativos. Decidir formar y sostener una relación a lo largo del tiempo que enriquezca cada vez más a sus integrantes, no exime de que en algún momento se pueda terminar. Lo importante es que cada uno conozca sus necesidades de forma tal que puedan compatibilizarse con las del otro. Pedir un tiempo es el indicio de que algo se ha tornado disfuncional, tal vez es una forma de reemplazar las palabras por una “distancia cobarde” que reprime pronunciar un “ya no te amo”, y si bien la ausencia durante un lapso aumenta el deseo por compartir con ese otro, el tiempo deberá estar ligado a la prudencia; pues como lo expresara Jorge Luis Borges “estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo”.

Twitter:  @guillerizzo