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- Cuerpo & Alma -

La soledad acompañada

28 de marzo de 2014

Por Elizabeth Santángelo de Gastaldi (*)

La soledad así como la compañía son estados subjetivos; se puede estar en presencia de una multitud y sentir la más fría soledad, o bien estar solos y sentirse acompañados y felices.

En esa soledad podemos descubrir algo trascendente para nuestra vida y hasta ser testigos de alguna revelación. Ese silencioso lenguaje de ideas claras no conduce a la tristeza o a la falta de inspiración sino al terreno propicio para la oración, donde nos descalzamos del bullicio y reclamo de los sentidos para encontrar la unidad con Dios.

Pero ¿qué decir cuando esa soledad nos habla de “ausencias”, de un vacío y desánimo, difícil de superar?

La soledad no se considera únicamente un mal del alma sino que además afecta al cuerpo. Según la investigadora Lisa Jaremka, del Instituto de Investigación de Medicina del Comportamiento en la Universidad Estatal de Ohio (EEUU), la percepción de la propia soledad puede desencadenar no solo patologías graves, sino incluso la muerte prematura de la persona. En términos generales, se acepta que una calidad deficiente de las relaciones personales tiene una incidencia negativa en la salud de las personas.

Estos ejemplos muestran que un estado mental puede afectar al físico y al entorno de la persona, porque impacta al mismo individuo y además al grupo familiar que lo rodea y que no valora como tal. ¿Cómo encontrar una respuesta ante este enemigo latente?

Primeramente, la persona que siente soledad está buscando que la compañía se instale en su vida, no siente que tiene que aportar nada por sí misma. Tal vez lo espera de una pareja, de un posible amigo o de un familiar.

La capacidad para abrirse a los demás, escuchar atentamente a quién tienen delante, sentir que otros están dispuestos a ayudar, es el primer paso. En pocas palabras, un cambio de conducta hace que uno se olvide de la soledad y comience a entender que es tanto o más importante acompañar que ser acompañado.

Los primeros líderes cristianos lo comprendieron de manera práctica al saber que “es mejor DAR que recibir”. (Hechos 20: 35) ¿Por qué? Porque la capacidad de “dar” nos hace sentir que estamos abastecidos y completos, que tenemos valores para compartir, y eso es la verdadera compañía que nunca nos deja solos ni vacíos.

Empezar el día agradecidos por lo que ya tenemos, poder decir a alguien “te quiero”, “gracias”, “saludar sonriente a los demás” y estar dispuestos a “perdonar alguna ofensa”, es demostrar que estamos bien, que no nos falta nada, y esta clase de riqueza nos hace sentir acompañados y en paz.

No tema ser rechazado, no tema expresar sus sentimientos hacia los demás. Dé, sin esperar recibir nada a cambio. Lo que uno comparta con el entorno vuelve a su vida inevitablemente. Es un boomerang, capaz de vencer esa extraña “soledad” que lo “acompañó” quizás, por tanto tiempo.

No olvide que para compartir se necesitan por lo menos dos.

Elizabeth integra el Comité de Publicación de la Ciencia Cristiana en Argentina. Ella escribe sobre temas sociales incluyendo la espiritualidad y el impacto que tiene ésta en la salud física como mental.

Argentina@compub.org