Rouge

Rouge

- Cuerpo & Alma -

El bosque, o la entrada en nuestro temible mundo interior

24 de junio de 2012

Por Mercedes Carreira (*)

Los cuentos de hadas nos dicen-–con su final- que todo saldrá bien, los buenos serán recompensados y los malos castigados, a pesar de que hay que atravesar el bosque y vivir situaciones en las que el propio mundo interior se percibe como caótico y angustiante. Pero, eso nos permite conectarnos con nuestra naturaleza interna, elaborar angustias y miedos, hacerlos conscientes y llevar la experiencia, esas voces de la naturaleza, a la vida cotidiana.

A través de las narraciones orales, los cuentos de hadas -y la sabiduría ancestral e intuitiva que encierran- perduraron a través de los siglos, porque ellos provienen de épocas en las que los libros eran el privilegio de unos pocos. Siglos después -en Occidente-, cuando la escritura traspasó los límites de los conventos y se inventó la imprenta, los cuentos de hadas comenzaron a escribirse. Los hermanos Grimm recorrieron aldeas alemanas entrevistando a aquellas abuelas y abuelos que recordaban los cuentos que les contaban sus propios abuelos, y con esas narraciones escribieron su primer libro, Cuentos de la Infancia y el Hogar (1812). Si bien muchas cosas cambiaron en nuestra cultura a lo largo de los siglos, gracias al lenguaje simbólico de los cuentos, aún es posible desentrañar aquellos secretos que nos llegan desde la Edad Media y acceder a su sabiduría oculta. Descubramos cómo llegar a ella.

Los cuentos de hadas (mitos, leyendas y otras expresiones de tradición oral) aún nos resuenan porque abordan temas, emociones y conflictos presentes en hombres y mujeres de todas las épocas. La mayoría de ellos reflejan la tarea principal del ser humano: encontrar el sentido a la vida, el propósito de la existencia. Si bien cada cuento tiene un “mensaje” propio, hay uno que es común a todos: los obstáculos a lo largo de la existencia son inevitables y hay que superarlos. Sólo si se los enfrenta con decisión y valentía se pueden vencer, aprender de ellos y salir victorioso.

Ya sabemos que, inevitablemente, el final siempre es feliz, porque los cuentos de hadas secretamente nos susurran que la esperanza es posible y podemos hallar la solución a nuestros dilemas con nuestros talentos. Bruno Bettelheim (psicoanalista junguiano) cree que sin esta esperanza nadie se atrevería a correr los peligros de la vida; sostiene que los cuentos de hadas exponen el desarrollo sano de un ser humano, y al hacerlo, con historias fantásticas, incitan a los niños a desear vivir la aventura de su propia historia -y también le hablan a nuestra niña o niño interior, agrego yo, y la o lo alentan a vivir, a ser protagonista y no espectador o espectadora de la vida, de su propia vida-.
La estructura de los cuentos de hadas es simple: el héroe o la heroína tiene un problema; pasa por una serie de pruebas y obstáculos; enfrenta amenazas y tentaciones, recibe la ayuda de seres mágicos que lo protegen; y, al final, vence los obstáculos, se convierte en una persona más madura y recibe una recompensa.

Lo que obliga al héroe o la heroína a partir de su aldea o su casa es una situación externa, impuesta por otro, y en el viaje que inicia para hallar la solución o encontrar las respuestas, en la gran mayoría de los casos, los lleva a ingresar a un bosque. Caperucita, va a visitar a su abuelita, Blancanieves huye de su madrastra, Hansel y Gretel son abandonados… El bosque, en los cuentos de hadas, simboliza el ingreso al mundo interior, un espacio habitado por nuestros peores demonios, pero también por nuestros sueños y anhelos más profundos; en él se halla la sabiduría ancestral, la más profunda – pero siempre se percibe como caótico y angustiante-. Bettelheim concluye que es el lugar al que vamos para encontrarnos con nosotros mismos.

Allí, el héroe o la heroína está obligado a utilizar sus propios recursos para salir adelante. Para crecer, es necesario desprenderse de mamá y papá (no sólo de los biológicos, en la vida estos arquetipos se presentan bajo distintos ropajes), aunque este alejamiento genere una sensación de aislamiento, horfandad y soledad profunda. Así se inicia el proceso de transformación, de crecimiento, en el que es necesario aprender a escuchar nuestra propia intuición (en la voz de pájaros u otros animales) para encontrar soluciones o dar con el camino correcto.

Nuestra sabiduría intuitiva -en los cuentos de hadas… ¿y en la vida real?- se refleja en los árboles, los animales y la naturaleza, que representan facetas ancestrales del ser humano. En el bosque, podemos replegarnos del mundo externo -con todos sus estímulos y mensajes contradictorios- y, por un tiempo, conectar con nuestra esencia. Los héroes y heroínas que buscan amparo en la naturaleza descubren que hay animales y seres mágicos que los auxilian y gracias a su ayuda pueden recuperar su fortaleza interna o saber qué es lo que tienen que hacer.

Recodemos que Caperucita Roja debe recorrer el bosque (la vida) donde encuentra al lobo (los peligros y engaños) para visitar a su abuelita (la sabiduría). No llega hasta su casa y -tal vez por eso- es devorada por el lobo -por lo oscuro de la vida-, porque no tomó contacto con su sabiduría, no llegó a ella (la abuelita). Sin embargo, algo está latente en la pequeña -todas seguimos siendo niñas en algunos rincones de nuestra alma- y recibe la ayuda del cazador que la salva a ella y a la abuelita (la sabiduría de los ancestros).
En la versión de los hermanos Grimm de Cenicienta, es el príncipe quien va a buscar a su amada. En el camino, por dos veces, los pájaros del bosque le advierten que la que está a si lado no es la joven que conoció en el baile (es una de las hermanastras quien se pudo calzar el zapatito porque se cortó los dedos de los pies). Y en el mismo cuento descubrimos que a veces no es necesario entrar al bosque, las aves ayudan a Cenicienta a separar el grano para poder ir al baile; el mensaje en este caso es: se puede establecer una relación entre un alma pura (“conectada” con su intuición) y esas “ánimas” que son la parte espiritual de los animales.

Al entrar al bosque, al transitalo, lo peor que nos puede ocurrir es perder la posibilidad de acceder al conocimiento sobre quiénes somos (no escuchar ni prestar atención a lo que nos dicen los animales, el aspecto instintivo de nuestro ser) y, como consecuencia, la imposibilidad de descubrir nuestro talento, lo que está en nuestra esencia, lo mejor de nosotras, para mejorar el mundo y marcar la diferencia. Cada una tiene su granito de arena para hacer del universo un lugar mejor.

Muchas veces en la vida no podemos evitar realizar el viaje del héroe, se nos impone, nos saca del lugar cómodo y seguro, nos arroja al vacío, y debemos entrar al bosque. La única posibilidad es atravesarlo con el corazón abierto a las enseñanzas de la sabiduría ancestral, de nuestra sabiduría interna, escuchar a los pájaros u otros animales que salen a nuestro encuentro -son emisarios de nuestra intuición-, incluso escuchar el mensaje que el lobo tiene para nosotras. Al contactar con ellos es posible vencer, aprender de estas situaciones o crisis y salir victoriosas.

En casi todas las tradiciones culturales y religiosas el viaje del héroe o la heroína encierra la posibilidad de acceder al nivel de una psicología sagrada, el anhelo profundo de toda alma humana es retornar a su fuente epiritual, para eso hay que involucrarnos profundamente con la vida y sus vicisitudes, aceptando y recibiendo ayudas “mágicas” y dones, y saber que en ocasiones es fundamental rechazar otros.

(*) Coordinadora de los Talleres de Escritura Creativa y Reflexión Había una vez.